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La violencia en el contexto del Capitalismo
La violencia y el capitalismo

Lo que comúnmente llamamos Sociedad, es técnicamente una estructura, conformada por tres sistemas centrales que son: el cultural, el político y el económico, y un cuarto sistema que se deriva de ellos, que es el sistema social.

La cuestión es que según cómo sean esos tres sistemas, y cómo se vinculen entre ellos, se formatea el sistema social, que es el que define cómo se establecen los vínculos entre las personas, cómo nos vamos a considerar y a tratar entre nosotros. Eso quiere decir que las formas de hacer las cosas en la vida cotidiana nos va generando una forma de ser, de pensar, de sentir y de desempeñarnos con los demás.

Por ejemplo, en la estructura social de los pueblos originarios en todo el planeta y en todos los tiempos, según las investigaciones de los antropólogos que se dedican a eso, el sistema predominante, que orienta a los demás sistemas es el cultural, que sintetiza las tradiciones construidas históricamente por la comunidad en su propio devenir, incluyendo los saberes, creencias, valores y normas de convivencia que todos comparten, y que los más viejos, es decir los más sabios y experimentados, conservan y transmiten de generación en generación, a la vez que entre todos los miembros de la comunidad van desarrollando la cultura y la van adaptando en su vida cotidiana.

Esas tradiciones definen la forma en que se va a organizar esa comunidad en términos políticos, para la defensa del grupo social frente a eventuales conflictos con terceros, y para el respeto de las tradiciones al interior de la comunidad, la convivencia y la resolución de eventuales conflictos entre algunos de sus miembros. Esa organización está representada en el sistema político conformado por una parte por el Jefe de la tribu; elegido por el conjunto y que con su ejemplo cotidiano renueva el necesario apoyo de su comunidad; y por otra parte el concejo de ancianos y el brujo de la tribu.

Entre ambos sistemas, cultural y político, se definen las formas de gestionar la producción y distribución de bienes y servicios, es decir el sistema económico, se trate de pueblos nómades, cazadores, recolectores, pescadores o agricultores. En todos los casos se trata de un sistema de producción comunitaria y de una distribución equitativa e igualitaria entre las personas que conforman el colectivo social.

Y de la articulación entre estos tres sistemas deriva el sistema social, que define la forma de vincularnos entre las personas al interior del colectivo social, en este caso con las características solidarias, igualitarias y complementarias que son predominantes en las comunidades aborígenes, que se sostienen en el respeto y en los lazos afectivos que propician las tradiciones culturales.

Ahora, que características tiene la Estructura social capitalista?

La estructura social capitalista, que se empieza a organizar en Europa a partir del siglo XVI, y se consolida en Inglaterra en el siglo XVIII con la Revolución Industrial, produce una transformación radical en la forma en que se interrelacionan los sistemas sociales. Por primera vez en la historia de la humanidad, estimada nada menos que en 8 millones de años, el sistema económico se impone y subordina al sistema cultural y al sistema político.

Quiere decir que en la estructura social capitalista el sistema que arrastra y se impone a todos los demás es el económico, que subordina y somete al sistema político, imponiendo la regla de oro del capitalismo, que dice que “Quien tiene el oro pone las reglas”. La principal condición que impone el sistema económico es la competencia, con la supremacía del más fuerte, y el derecho a la apropiación de los recursos que siempre fueron comunes por parte de los más competitivos, o mejor dotados. Así se constituye la propiedad privada, que es privativa de alguien y privada a los otros.

El sistema económico también va a subordinar a la cultura, la que ya no va a ser producida por la comunidad en su propio devenir histórico, sino que la van a producir las industrias culturales, en términos de bienes culturales que se comercializan como cualquier otro bien de consumo, y que producen un capital cultural, según las leyes supremas de la de la ganancia y de la oferta y la demanda, y se distribuyen como todos los recursos básicos, no según las necesidades sino según las posibilidades económicas de cada uno.

El sistema social que se deriva de esto en la estructura social capitalista, es entonces necesariamente violento. El beneficio y el éxito individual como fin último de la existencia, el derecho a apropiarse de los bienes y privárselos a los demás y la competencia entre todos como forma de lograr el acceso a los bienes y servicios básicos, instalan necesariamente la ley del más fuerte. Y contra más concentren riqueza los ganadores que imponen la ley por ser más fuertes, más se concentra la pobreza en porcentajes cada vez mayores de población.

El sistema social se fragmenta en capas según el poder y el dinero de que son capaces de apropiarse cada una, y con el paso del tiempo en los últimos doscientos años las capas superiores, que contienen no más de un 5% de la población total acumulan más del 50% de lo producido por el conjunto, mientras que una parte cada vez más importante de esa población, se ve sometida a la marginalidad, la pobreza y la indigencia. Y todos presienten que las cosas van a empeorar.

El sociólogo estadounidense Max Weber, uno de los más grandes defensores del sistema capitalista, escribía en 1930, en una de sus mas grandes obras, la “Historia Económica General”, que una de las condiciones necesarias del capitalismo era la existencia de una clase “desheredada” (es decir despojada de todo recurso económico), “obligada a vender libremente su fuerza de trabajo”, “bajo el látigo del hambre”.

Reconocía, sin ruborizarse, que el sistema de producción requería necesariamente que las clases subordinadas como inferiores, se vieran obligadas a trabajar para los que se habían apoderado de los recursos, simplemente para no morirse de hambre, con lo que las opciones que tenían era someterse o morir. Los obligaba su propio hambre, y como eran libres vendían su trabajo para poder comer.

Adam Smith, el padre del liberalismo, escribía en 1776, en los albores del capitalismo, que la clase propietaria y la clase trabajadora, dentro de este sistema estaban condenadas a un enfrentamiento irreductible en defensa de sus intereses absolutamente contrapuestos, y a una lucha permanente, que siempre iba a ser ganada por los propietarios, debido a que podían sostener un enfrentamiento de largo plazo en virtud de su atesoramiento de recursos, mientras que los trabajadores necesitaban volver a trabajar para los propietarios para darle de comer a sus familias.

En los últimos 200 años las diferencias se han hecho cada vez mayores y más evidentes entre las posibilidades de los ricos y los pobres, los dueños y los asalariados, los propietarios y los desposeídos, las clases altas y las bajas. Los medios masivos de información exhiben cada vez más obscenamente el lujoso bienestar de los poderosos, los productos, bienes y servicios más novedosos, que parecen al alcance de todos, las formas y estilos de vida más sofisticados, a todo lo cual son expuestos los niños, jóvenes y adultos de todas las clases sociales. Incluidos los desposeídos.

Los salarios de los trabajadores en la mayor parte del mundo no alcanzan a cubrir la canasta familiar, ni los medicamentos necesarios, y una pequeña porción del total de la población mundial puede disfrutar de vacaciones y viajes.

Pero el 90% de la población está expuesta a la publicidad de cientos de productos que le son inalcanzables, mientras el dispositivo del marketing incentiva las frustraciones para convencer a los consumidores que lo que venden los va a satisfacer. Cosa que nunca sucede y aumenta la frustración. Y la necesidad de comprar otra cosa. El aparato comercial sostiene que la persona más frustrada en su vida personal es la mejor y más predispuesta al consumo.

El componente individualista del sistema ayuda a que la frustración de las expectativas y posibilidades de las clases y grupos sociales se vivencien como personales de cada uno, y no se pueda percibir claramente que la problemática es social y no individual, con lo que cada uno individualmente sufre la frustración como una cuestión personal. Aún teniendo la evidencia de que son los gobiernos y los modelos los que permiten un mayor o menor grado de bienestar, aquellos a los que les va bien lo atribuyen a sus propios méritos, y aquellos a los que les va mal tienden a pensar lo mismo.

Desde un punto de vista sociológico, la violencia es hija de la frustración. Cuanta más frustradas estén las expectativas de un grupo social, mayor será el caldo de cultivo para las actitudes y conductas violentas.

Por otra parte hay cuestiones de la vida cotidiana que son violentas, aunque no se inscriban en la violencia física sino en la violencia simbólica, y por más que con el paso del tiempo se hayan convertido en algo cuasi normal.

Por ejemplo cuando te llegan facturas que no podés pagar, cuando reclamás por un servicio que pagaste y no te están dando en debida forma, cuando sabés que los que producen los alimentos y los medicamentos te suben los precios para sacarte tu dinero y te privan del acceso a lo que necesitás, cuando sabés que te están pagando mucho menos de lo que sería justo que te paguen por el trabajo que hacés, cuando ves que los de mayor nivel o jerarquía ganan mucho más dinero que vos y trabajan menos, cuando la vida se convierte en un sobrevivir. A pesar de todo.

Cuando hay violencia en las escuelas, en las familias, en el trabajo, en las canchas de fútbol, en la calle, en las relaciones sexuales, en la vida cotidiana, en la televisión, en los juegos electrónicos, en todos los medios de difusión, es una conclusión sociológica tan simple como que la violencia está en el sistema.