El amor y la sexualidad en tiempos del neoliberalismo
Los amantes (The Lovers) - Rene Magritte

“La economía es el método, el objetivo es el alma”
Margaret Thatcher

“El amor es el encuentro entre dos faltas
que nunca se pueden colmar”
Jorge Alemán

Cuando escribía este trabajo, recordé la preciosa novela de Gabriel García Márquez: “El amor en los tiempos del cólera”, una novela ambientada hacia fines del siglo XIX y principios del XX, donde aún se escribían cartas de amor con pluma y papel y donde el tiempo que se esperaba para la respuesta era largo, se hacía infinito…
No son estos “los tiempos que corren”, para usar una expresión literal, sino una época caracterizada por el imperio de los objetos, producidos por la tecno-ciencia, y por la urgencia.
El discurso capitalista asentado en la formación histórica homónima y que, en su fase actual denominamos neoliberalismo, rechaza de un modo radical las cosas del amor.
El modelo que este sistema propone para crear subjetividad, es el de la empresa: gestionar la vida, las relaciones con uno mismo y con los otros, como si se tratara de una empresa. 
Es decir, aplicando los criterios de competitividad, eficiencia y alto rendimiento.
Al igual que el sujeto, que está permanentemente interpelado a ir más allá de sus posibilidades, exigido hasta el agotamiento, el amor también tiene que estar a la altura, “dar la talla”.
Por eso las patologías de la época son la depresión y las adicciones extremas. Por eso proliferan los libros de autoayuda, los couchs, los gurúes de toda calaña para apuntalar la vida de esas personas que ‘deben estar a la altura’ de ese rendimiento.
La lógica del capital ha introducido una idea que se opone abiertamente a la idea del amor: en el capitalismo todo es posible, en el capitalismo no hay límites.
El amor, por el contrario, se sustenta en la falta, en la falla, en lo incompleto; exige el límite, la imposibilidad del tiempo y la indagación del misterio, de lo que permanece oculto y jamás se podrá volver transparente.
Tenemos bien presentes las publicidades del gobierno que actualmente padecemos  haciendo la apología de la transparencia, una propuesta paradigmática a la vez que cínica del neoliberalismo: que todo pueda ser medido, evaluado, calculado, programado y por supuesto…..rentable.
Lacan fundamenta que el capitalismo excluye al amor, como excluye al sujeto, y nada hay más subjetivo que el amor, porque los enamorados se bastan a sí mismos y esto los aleja del consumo: de allí que el amor sea un gran enemigo del sistema.
En el amor, el otro no es una moneda de cambio, sino que se revela como insustituible.
A la inversa, Marx teorizó que en el capitalismo, el valor de uso, que es lo subjetivo por excelencia, es sustituido por el valor de cambio. 
Para decirlo negro sobre blanco: las cosas no valen por sí mismas, sino por el valor de mercado.
El “detalle” que se agrega en nuestros tiempos, inmersos en el llamado capitalismo tardío, es que lo mismo vale para los sujetos, que entre otras cosas está en la base del drama de devenir obsoletos y de allí la ambición de eterna juventud, como un valor prestigiado hasta el delirio.
Para entender la cuestión de ser tomados como mercancía, vayamos al funcionamiento de las redes sociales: hay una abolición de la intimidad, el mercado da para todo y los fantasmas -es decir, las fantasías- se ofrecen como productos en una vidriera. Lo que clásicamente fue íntimo, se propone a consumir sin ningún pudor.
A medida que se debilita el espacio público, lo privado se hace obscenamente público.
Internet favorece que los fantasmas privados tomen consistencia y que realicen sin mediación ni límites éticos y mucho menos morales, múltiples escenificaciones sexuales que muchas veces sólo por este camino encuentran el modo de concretarse.
Alguien enuncia sus preferencias sexuales -o sus ocurrencias- en la red y eso toma un valor que antes no tenía: transformado en mercancía, adquiere un valor agregado. Es el valor de cambio, en la medida en que ingresa al mercado lo que antes era sólo valor de uso.
Aquí hay que entender el mercado no sólo como dispositivo financiero, sino como una vitrina en la que algo se da a ver para ser elegido según el “gusto”.
Y de la misma manera que cualquier experto en economía sabe que la oferta genera demanda, habría que preguntarse si el gran abanico de perversiones que vemos en la clínica actual, no está favorecida por las mismas ofertas.
El sociólogo Guy Débord calificó nuestro tiempo como “la sociedad del espectáculo”, resaltando algo fundamental, un nuevo valor de esta época que no es el “ser” ni el “tener” sino el “aparecer”. De allí la importancia mediática y su poder ilimitado.
Hay que recordar a Martin Heidegger cuando escribió ‘La época de la imagen del mundo’, donde luego de explicar cómo cada época se basa en una interpretación diferente del ente, lo que caracteriza a la modernidad es el mundo como imagen.
En el panorama actual de hiper-conexión con los objetos del mercado y de desconexión entre los cuerpos (que como “yapa” permite ahorrarse la decepción entre el placer esperado y el encontrado….) el sociólogo Zygmunt Bauman vaticinó una mala época para el amor, afirmando que se encuentra en estado de “liquidación” o “licuefacción”.
Este término procura dar cuenta de la inconsistencia del objeto amoroso, de su degradación a la categoría de cualquier mercancía.
El neoliberalismo empuja a la felicidad. Slogans tales como “la revolución de la alegría”, o el “SÍ, se puede” del oficialismo en nuestro país, así como el famoso “Impossible is nothing” de una marca deportiva de fama mundial….dan cuenta de la ideología que se trasmite a través de los medios hegemónicos, todo el tiempo.
Recordemos entre tantas, la publicidad de un auto de alta gama con la que habían empapelado Buenos Aires hace un tiempo, que mostrada la foto del auto en cuestión y debajo, una leyenda tan clara como letal: “Cuando te lo compres, nunca más sabrás si te quieren por lo que sos”.
Los sujetos ‘hiper-modernos’, coaptados por este discurso, se avergüenzan de amar, de desear, porque el imperativo es gozar.
Para desear y amar, el sujeto parte desde la falta, la falla, lo que no es y no tiene. 
Si todo es posible, si todo es satisfacción, si nada nos falta, entonces no se tiene nada que desear y nada que amar, porque a diferencia de la “psicología del rico”, el acto de amor consiste en dar, no lo que se tiene (eso siempre es más sencillo), sino lo que no se tiene, es decir: lo imposible.
El amor en los tiempos de los dos discursos imperantes: el del neoliberalismo y el de la ciencia, es anti-económico.
El amor nos desacomoda, muchas veces. Dice la gran poetisa cubana Carilda Oliver Labra:
                                      “……me desordeno amor, me desordeno….”
Y esto es lo imperdonable en un sistema donde hay que consumir y funcionar.
Lacan dice que el amor oculta un secreto en el seno de su armonía y ese secreto es que es bastante disarmónico. Tanto que puede ser inmanejable para el sujeto, sorpresivo, salvaje, perturbador.
La ideología del neoliberalismo precisa imperiosamente de sujetos adaptados, sumisos, adormecidos, consumistas, homogéneos, estandarizados.
El amor es insurrecto, subversivo, liberador.
La soledad del sujeto contemporáneo es transversal a todas las clases sociales y lo afecta más allá de sus posibilidades económicas.
Gente sola, ante la ruptura y la pérdida de antiguas modalidades del lazo social, se recluye y aísla cada vez más, no importa si en un barrio privado o en la pantalla del celular viajando como ganado en el transporte público.
Las grandes empresas que son el referente del ‘modelo’, proponen abiertamente el llamado “home office”, porque además hay que familiarizarse con el idioma imperante, que no es otra cosa que llevar a cabo la tarea laboral desde su casa, con la herramienta cibernética, y evitando así la “pérdida de tiempo” en los traslados, pero también evitando la agrupación, que da por resultado la identificación, y la potencia de lo grupal.
Sujetos recortados, sueltos, solos.
Pascal afirmaba: “Nuestros sentidos no perciben nada extremo. Demasiado ruido nos ensordece, demasiada luz nos deslumbra. No sentimos el frío ni el calor extremos. Las cualidades excesivas son nuestras enemigas, y no las sentimos sino que las sufrimos, las padecemos”.
El filósofo capta que en los extremos, se produce un alejamiento de lo sensible. Lo que propone el sistema ya no tiene que ver con el placer o con la falta de placer, sino con la excitación y con la aceleración.
El lenguaje da cuenta de esta posición subjetiva que deja por fuera la ensoñación, la reflexión, incluso la ternura: ponerse las pilas, estar a full, ser una máquina, tener todo bajo control, que esté todo joya….etc….etc….
Entendemos el amor de pareja como el desafío de soportar juntos algo imposible de resolver.
Recordemos a Freud proponiendo que en el principio, se trata del amor. 
Las neurosis no son ni más ni menos que “una alteración en la capacidad de amar”, y el psicoanálisis puede aportar bastante a la recuperación de esa capacidad, devastada además por lo perverso del modelo imperante.
 

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