Sin poesía, sin utilidad, sin intervención del pueblo no hay cambio de la lengua
Hamlet

Shakespeare introdujo 1700 palabras al inglés.

Las inventó.

Las hay de todo tipo, adjetivos que se vuelven verbos, verbos que se convierten en adjetivos, pero también de uso común, como “torture”, “elbow” o “champion”.

Dicen que el británico medio no usa más de 2800 palabras, así que Shakespeare creó más de la mitad de los términos que usa un gringo a diario.

No fue a la reina y le pidió que incorpore estos términos, que serían esenciales para la gestión del gobierno y la justicia.

No tuvo la menor intención de que perduraran en boca de sus compatriotas y del mundo (fíjense qué curioso, “champion” termina en Uruguay como sinónimo de zapatilla) sino que recurrió en su ayuda para fundar universos, que no podía describir de otro modo.

El lenguaje carcelario es otra de las puertas a nuevos mundos de la lengua. Cuando la circulación rejas adentro y afuera se hace común, las palabras entran y salen.

Hay un lunfardo antiguo que las introdujo, y otro más reciente, tumbero, que algunos pequeños burgueses usan porque, como ya sabemos, lo lumpen ha pasado a ser una pose y un falso signo de identidad.

Pero en todo caso, esa invención del lenguaje tampoco se impone, no pide cancha a través de instituciones, sino que anda por ahí, se nos pega, nos rodea a veces por el uso repetido de otros hablantes y finalmente, a veces, nos seduce por su inevitabilidad, por su precisión, porque ha creado un mundo.

Los hablantes hacen lo que pueden y lo que quieren con las palabras. Por ejemplo, generacionalmente jamás le dije “boludo” a alguien con otro sentido que no fuera el que le diera Tangalanga, pero me ha pasado que me lo han dicho y he reaccionado bastante mal, por una sencilla cuestión etaria. Tal como me pasó entonces, tuve que elaborar un protocolo con mi charlista, novia fugaz que me decía “boludo, ¿no te das cuenta que no te estoy puteando?” Y no, conchuda. “Pero ahora vos sí me está puteando”. Más vale, Meli; pero ¿ve? Así uno se entiende.

Porque además, el habla nos obliga a esto, pactos, trazado de fronteras, convenciones con el otro.

Se dice como un cliché que el lenguaje inclusivo viene a reparar no sé qué injusticias de la exclusión, y para eso, borra todo aquello que ha sido convención entre los propios hablantes desde que una comunidad saltó de sonidos a significados y de ahí a una lengua completa.

Alguien, en alguna oficina de ingeniería social, determina que las cosas deberán escribirse de ahora en más así, y pretende que lo aceptemos, so pena de llamarnos reaccionarios, fascistas, conservadores, machirulos, tiranuelos, bárbaros.

Ni siquiera es un nuevo lenguaje, sino una serie de aberraciones morfológicas con base en el género.

No hay vuelo poético ni utilidad, no hay expresiones nuevas que mañana decaerán y desaparecerán. Se pretende –qué curioso- inmodificable de aquí en más.

Hay palabras que caen porque el universo que describían no está más, entonces, quedan prendidas del recuerdo, como esas rosas que se apiñan, resecas, dentro de un libro. “Faber”, como se le llamaba al quinielero, no se escucha más, no solo porque en determinados espacios, la quiniela clandestina es una rareza, sino porque el tipo seguramente usará una tablet y no un lápiz para anotar los números. De todas maneras, el pasaje que nos lleva a este término, está poblado de estaciones intermedias de la lengua: distinguir a quién “pasaba” juego de quién “levantaba”, y de ahí los términos “grúa”, “güinchero”, para luego recalar en “lápiz” (una metonimia, la parte que define al todo) y al fin, la denominación por la marca comercial.

Cuenta Martínez Suárez, que cuando filmaba “Los chantas”, en una escena, Cacho Espíndola gritó “Vamos todavía”. Lo detuvo, y le preguntó “¿Qué significa eso?” y el actor le contestó “Es algo que se grita en el hipódromo”. Como era una carrera lo que se filmaba, aquella arenga de los setenta, resonó bien en la película y uno puede leerla, años después, escrita en un papelito en “Los irrompibles”, ese western bizarro y argentino, cuando los irrompibles, una suerte de ángeles custodios vienen a salvar a los protagonistas del filme.

“Vamos, todavía” se usó muchísimo durante cinco ¿diez años? y luego pasó al museo de las expresiones, aunque alguno la seguirá sosteniendo de puro melancólico.

Me gustaría ver una película de Albertina Carri hablada en inclusivo, me gustaría verla negociar con financistas, y, salvo la Opern Society, recibir sonoros portazos, frente a semejante dislate.

Sin poesía, sin utilidad, sin intervención del pueblo, pero además de una industria cultural popular (no de esos espantos que produce la conurbana universidad de la Untref) no hay cambio de la lengua.

La lengua, sobre todo, la nuestra, el riquísimo español rioplatense, cambia y se modifica buscando en los márgenes, en la cultura popular, en los aportes inmigratorios, y lo hace, como se pudo ver en el ejemplo de la quiniela, con circuitos poéticos, muy alejados de una burocratización regimentada que histéricamente pretende imponernos el femirulismo, que, de paso, se incorpora con todas sus variantes –femirula, femirulez- por su propia necesidad, por el universo que describe.

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