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El Amor en los tiempos de la grieta
amor

La noche que prometía ser maravillosa para Facundo terminó siendo la gota que rebalsó el vaso. El fin de la relación con María fue en el preciso momento en el que se suponía debía ser la llegada a la cumbre de la pasión; justo en el instante en que debían plantar bandera. Pero, precisamente la cuestión fue, qué tipo de bandera se pretendía plantar.

Desde que Facundo entró a la Universidad consideró a María como la mujer soñada. Luego de esperar unos meses, finalmente habían coincidido en compartir una materia y había logrado ser compañero de ella. Más tarde llegaría la posibilidad de trabajar en grupo y forzar la situación para estar cerca.

Una día Facundo encontró llorando a María y ésta le confesó desconsolada que su vieja mascota había muerto. Al día siguiente Facundo le trajo un perrito de regalo. Logró con este gesto enternecerla y sumar puntos. Poco tiempo después se convirtieron en novios.

La belleza simple de María y su personalidad tan fresca subyugaba a Facundo. En cambio, para María, Facundo representaba la contención paternal que ella necesitaba. Cuando estaban juntos la pasaban genial, pero sin embargo había algo que los desunía, aunque ninguno de los dos se lo hacía saber al otro. Se trataba de sus enormes diferencias políticas e ideológicas. Ella lo consideraba un gran compañero, pero no con el significado que ella esperaba de esa palabra. Facundo era muy distinto a ella; odiaba la política. Además venían de familias y orígenes muy diferentes. Para María la posibilidad de persuadir a Facundo en sus ideas constituía un secreto desafío.

María militaba en una organización política estudiantil, y se juntaba después de clase con sus compañeros a preparar pancartas políticas o a repartir volantes en la Universidad. Esta situación provocaba en Facundo muchos celos y fastidio que ocultaba, ya que él lo que quería, era siempre estar a su lado, y se mostraba comprensivo durante la gran cantidad de horas que María le dedicaba a la militancia. Por esa razón, trataba de evitar hablar de política. Sin embargo, con María eso era imposible. Fingía amabilidad  y predisposición para colaborar con ella y su grupo de amigos en tareas solidarias.

“La patria es el otro” decía María como muletilla y Facundo pensaba a quién estaría refiriéndose. “¿Qué querrá insinuar?, ¿por qué tiene que haber otro?” preguntaba a sus amigos más confidentes. Tampoco quería enroscarse demasiado, evidentemente María no era tan literal. Después de todo, lo que más ansiaba Facundo era estar a su lado, aunque sea contemplándola de perfil, o cebándole mates, mientras María atendía y adoctrinaba a jóvenes que se acercaban a las mesas con inquietudes diversas.

En un principio, para Facundo, nada de lo que decía o hacía María estaba mal, y le perdonaba todo, incluso que a la mascota que le había regalado la hubiera bautizado con el nombre de Néstor.

María solía usar una remera ajustada que exhibía y apretaba sus enormes pechos, pero el detalle era que venía estampada con el logo de la agrupación “La Cámpora”. Esto provocaba en Facundo una contradicción de sensaciones que no podía manejar. Por un lado el cuerpo de María le generaba una hipnosis que lo paralizaba, y hasta tenía ganas de atacarla sexualmente sobre la mesa. Tanta era su devoción por ella que anulaba su rechazo natural a los peronistas, aunque le brotara por los poros. No soportaba ni entendía al peronismo y tampoco comprendía a María, pero la amaba. Sólo quería que fuera suya. En otra situación ni se hubiera acercado a alguien así, pensó.  “María es distinta”, se justificaba, aunque inmediatamente imaginaba cuál sería la opinión de sus padres cuando llegara el momento de presentarla. María… María Eva se llamaba, para colmo. La aceptaba así como era ella, “tan peronista”, como le decían sus amigos que lo burlaban, conociendo sus ideas.  

María le hablaba de la lucha de clases y, él, la única lucha con que fantaseaba era con ella y en el barro. María le hablaba de inclusión y Facundo soñaba con que lo incluyera a él en su vida. La escuchaba ponderar el casamiento igualitario, pero a él casarse o no le daba igual, mientras estuvieran juntos. Y los únicos proyectos que salían de la boca de María eran nacionales y populares, y nunca hacía referencia a un proyecto más cercano, más local. El deseo de tener un encuentro cercano con ella era el único proyecto que Facundo tenía en mente.

Finalmente llegó el día en el que ambos coincidirían en sus pasiones, unirían las veredas opuestas y enfrentadas, sorteando la grieta que los separaba. Habían convenido olvidar por un rato las cuestiones políticas;  olvidarse de las barreras sociales  y de la lucha de clases. Después de todo, “el amor estaba por encima de todo” dijo Facundo, y “de todas” agregó María; a lo que él le correspondió sellándole la boca con un gran beso pasional, para luego revolcarse entre las sábanas.

Cuando estaban a metros de llegar a la fase final que los conduciría a la cima de la montaña, Facundo, consecuente con su timidez, comenzó a gemir para sí mismo, pero con la respiración de atleta y con toda su virilidad en el momento más glorioso. En cambio María atravesaba esta  última instancia con unos alaridos que avergonzaban a Facundo. Ella, muy ensimismada en sus frenéticos movimientos de pelvis, comenzó de pronto y como anticipando una victoria a gritar a los cuatro vientos: “Viva Perón. Viva Perón. Viva Perón!”. Esto provocó desconcierto, desmotivación y hasta enojo en Facundo, quien corrió bruscamente con su brazo a María y se la sacó de encima. Se bajó de la cama, y como pudo, con su ira se calzó las ojotas al revés, balbuceando insultos hacia María mientras se ponía la bermuda, tratando de mantener el equilibrio. María lloraba desde la cama, envuelta en su sábana, sin entender lo que pasaba. El perrito Néstor, visiblemente en celo, que los estaba observando de lejos, se acercó y se prendió de la pierna de Facundo y comenzó a frotarse contra su peroné. Éste, ya al borde de un taque de nervios, agitó su pierna para tratar de desprenderse del endemoniado perrito; pero Néstor no se detenía y seguía acelerando su ritmo alocado. Facundo, maldiciéndolo, sacude su pierna como un látigo y la tierna mascota sale despedida a varios metros de la cama. María grita “Pará!, gorila de mierda!”. Facundo se va camino a la puerta para irse, mientras agarra a su paso y a las apuradas una remera que estaba en el piso y se la pone en el ascensor. Sale al palier y camina nervioso hasta la puerta de calle. El encargado del edificio al verlo pasar de espalda observa que en la parte trasera de la remera que erróneamente acababa de ponerse Facundo decía “La Cámpora”. El encargado, en un saludo que pretendía ser amigable le grita “Buen día Compañero!”.

Facundo dio un portazo y no volvió nunca más.

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