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Raúl Scalabrini Ortiz, El hombre que está solo y espera
Raúl Scalabrini Ortiz

Un 30 de mayo de 1959, fallecía en Buenos Aires Raúl Scalabrini Ortiz. Más precisamente en Vicente López, a pocas cuadras de la Avenida General Paz. Por eso el municipio de esa localidad bautizó a la Sala de Prensa con su nombre. Duró poco, como relató su joven encargado de entonces Miguel Angel De Renzis, ya que el gobierno militar que siguió, borró todo de un plumazo y la biblioteca de Scalabrini que iba a pasar al municipio no pudo ser retirada de su domicilio por falta de un camión para ir a retirarla a tiempo. Por suerte no se desmembró y hoy está en manos del gremio que nuclea al Personal Superior de los Ferrocarriles Argentinos, una empresa a la cual Raúl le dedicó sus mejores esfuerzos. Y sus restos mortales descansan en el cementerio municipal de Olivos. Tenía tan sólo 61 años y había nacido en Corrientes un 14 de febrero de 1898.

El hombre que está solo y espera era el título de uno de sus primeros libros, publicado en 1931 y reconocido con el Premio Municipal de Literatura de ese año y con el Tercer Premio Nacional de Letras. En él ya se denunciaba lo que sería el eje central de toda su vida política y literaria: “Todo lo que nos rodea es falso e irreal, falsa la historia que nos enseñaron, falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron, falsas las perspectivas mundiales que nos presentan, falsas las disyuntivas políticas que nos ofrecen, irreales las libertades que los textos aseguran”. Y esto no tenía nada que ver con ninguna “maldición metafísica”, ni con ninguna “degeneración congénita” que supuestamente pesara sobre el “ser nacional” de los argentinos o latinoamericanos, explicación muy a la moda, entonces y ahora; nada de eso (tal el caso de H. Murena, por ejemplo, o del propio J.L Borges). Sí tenía que ver con mecanismos muy concretos y reales del despojo económico a que fueron sometidos estos pueblos por el colonialismo inglés cuando éste pudo reemplazar al español, del cual el norteamericano tomó el relevo luego de la Segunda Guerra Mundial.

Y lo decía sin medias tintas y sin pelos en la lengua: “La riqueza argentina es aparente, pues el capital extranjero invertido en nuestras tierras, inglés en su inmensa mayoría, constituye una enorme hipoteca que succiona día a día la sangre de los argentinos (...) Son 19.723 millones que reditúan aproximadamente unos mil millones anuales (...) El pueblo siente esa mole de números, ignorándolo. Los siente como una presión que lo rodea y desplaza de su propio país y que lo va transformando en un peón de campo que trabaja para que otros medren y gocen a su costa; los siente como una fuerza que lo estrangula y va haciendo de él, hombre libre y orgulloso de serlo, un ilota...Los comerciantes ingleses cumplieron la obra que sus soldados no pudieron realizar en 1806”.

Sustituya, usted, en estos párrafos, amigo lector, la expresión “ingleses” por “norteamericanos”, o “globales” y tendrá una perfecta actualización al presente latinoamericano de esta descripción escrita hace ya casi un siglo. Como advertirá, en esta curiosa alquimia colonial argentina y latinoamericana, se cumple también el principio de la energía de Einstein: nada se pierde, todo se transforma. O, si lo prefiere, piense en el mecanismo freudiano de la “repetición” que convenientemente potenciado desemboca en la psicosis (más comúnmente conocida como “locura”). La actual espada de Damocles del FMI que pende sobre el país, es la forma presente de aquella asfixia pasada. La vida al por menor, en cualquier caso.

Sin embargo, aquella Argentina opulenta de comienzos del siglo XX estaba orgullosa de sí misma. Más aún, por la boca de algunos de sus prohombres, se vanagloriaba de ser prácticamente una factoría inglesa en Sudamérica. En 1933 había firmado con Inglaterra un tratado de comercio (conocido como Pacto Roca-Runciman) y los cables transmitían desde Londres que el jefe de esa misión comercial argentina (¡y a la vez vicepresidente de la Nación!), Julio A. Roca (h), decía sin ponerse por ello colorado: “La Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”. Ante lo cual, un miembro de la Cámara de los Comunes, devolviendo la gentileza, opinaba: “Siendo de hecho la Argentina una colonia de Gran Bretaña, le convendría incorporarse al Imperio. (Oferta que, dicho sea de paso, resultaba más generosa que las actuales propuestas del “mercado global”, siempre reticentes en materia de concesiones de ciudadanía y sin ninguna voluntad de integrarnos efectivamente a su hinterland político). Puerto Rico, fue la última y generosa excepción que los Estados Unidos le hicieron a un país latinoamericano. Hoy tampoco quieren “estados libres asociados”, sino “mercados emergentes” que conserven sus propios atributos nacionales (folk), resultando entonces mucho menos onerosos al estado metropolitano o al “complejo global”. Por entonces en Buenos Aires, el asesor “argentino” de los ferrocarriles ingleses que circulaban por el país, sir William Leguizamón, remataba –acaso más poéticamente los cables noticiosos que llegaban de Londres, declarando: “La Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su Graciosa Majestad”. Frente a tanta obnubilación e hipocresía, el mensaje de Raúl Scalabrini Ortiz era tan sencillo como radical: “Es necesaria una virginidad a toda costa (...) Es preciso mirar como si todo lo anterior a lo nuestro hubiera sido extirpado”. Coincidía, sin saberlo por supuesto, con aquella definición de la política que la joven Hannah Arendt venía incubando del otro lado del Atlántico: la política como “el arte de hacerlo todo de nuevo”. Por esto y a pesar de todas esas realidades económicas o más precisamente, por ellas en El hombre que está solo y espera de 1931, escribía estas palabras cuya vigencia sigue intacta: “Éstas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas, sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos, en que hay que jugarse por entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías.” Tenía sólo 33 años y, al igual que Paul Nizan a los veinte, no podía precisamente decir que se tratara “de la edad más hermosa de la vida”.


 


 

 

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