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El calzoncillo de Perón
El calzoncillo de Perón

Finalmente llegó el día de la entrevista laboral que Pablo tanto esperaba. Varios meses sin trabajar ya le estaba provocando cierto malestar en su matrimonio y a él, personalmente, un atisbo de depresión. Pero esa empresa que se había instalado recientemente a metros de su casa hizo que le volviera la esperanza. Aunque odiaba las multinacionales, la posibilidad de trabajar allí sería su salvación. Tendría que guardarse sus antiguos discursos anti imperialistas que siempre había pregonado. La presión de conseguir un trabajo no le daba margen para elegir el empleo donde se sintiera cómodo ideológicamente. Por lo tanto se prometió esconder su resentimiento y sus ideales, en pos de generar ingresos para oxigenar el clima agobiante que se respiraba en su familia.

Con astucia generó simpatía con las chicas de recepción, quienes recibieron con particular compromiso el currículum de su simpático vecino. Creía que ganándose a las empleadas sería la mejor estrategia para lograr una entrevista con el gerente. Y tuvo razón, ya que gracias a eso pudo conseguirla.

Esa mañana se levantó temprano para lavar la única ropa presentable que tenía. Eligió para la ocasión su viejo calzoncillo azul, el preferido, el de la cábala, el mismo que heredó de su padre. Se trataba del calzoncillo de Perón, como su padre lo había bautizado y regalado a Pablo, cuando éste tenía 13 años y en el mismo día del retorno de la democracia. Su padre lo atesoraba desde el día que Perón regresó de España, luego de 18 años de exilio, en lo que fue la tragedia de Ezeiza. Ese día, en la fallida fiesta del retorno del General, su padre quedó en medio de una balacera y salvó su vida de milagro. Dicha suerte se la atribuyó al calzoncillo azul que llevaba puesto y que, según él, lo utilizaba siempre en los días en los que creía que se podría cambiar el curso de la historia, o al menos, cambiar la suerte de sí mismo. Años más tarde quiso que su hijo Pablo lo recibiera y supiera de su valioso significado.

Salió al balcón a tender la ropa, aprovechando que el viento soplaba muy fuerte. Entre las prendas estaba, por supuesto, el viejo calzoncillo azul, ya que era una ocasión en la que debía cambiar la historia, o –al menos- su propio presente. Todo debía secarse sí o sí para la tarde; ese era el plan y por suerte, las ráfagas que hacían flamear la ropa, la estaría secando en breve. Desoyó el consejo de su mujer quien le advirtió que se asegurara de sujetar las prendas más de lo habitual y que eligiera para este día los broches más fuertes.

Como era de esperar, el viento luchó y venció al broche que sujetaba al viejo calzoncillo, el cual se desprendió y voló por el aire, como un pájaro torpe al que le abren la jaula por primera vez. Pablo al notar la ausencia de la reliquia perdida, insultó al cielo y a la tormenta que se avecinaba. Evidentemente ese día no iba a ser un día peronista, pensó. Sin embargo, ningún sentimiento adverso ni emoción negativa debía hacerle perder el entusiasmo y el objetivo de conseguir el empleo. Aunque no lo daba por perdido, no había tiempo para ir en busca de él, ni tampoco para lamentarse; no ahora, y menos frente a su señora. Pablo adoraba a su calzoncillo, y se negaba tozudamente a deshacerse de él. Su mujer, que desconocía el valor sentimental e histórico que Pablo le atribuía al calzoncillo, se negaba a lavarlo, o lo separaba de la pila de ropa para planchar; pero él, obstinado, lo hacía a escondidas y luego lo guardaba en el fondo de su cajón.

Esta vez no contaría con la protección de su prenda íntima más querida. Pero lo importante esta vez era causar una buena impresión con el gerente. Se vistió rápidamente. Se afeitó y se perfumó mientras ensayaba caras y un speech para la entrevista, que repetía y repetía, para venderse a sí mismo con mayor seguridad. No podía dejar de escapar esta oportunidad.

Salió de su casa, caminó hasta la esquina hasta donde estaba la flamante empresa, y se imaginó cómo serían sus días allí, si tuviera la suerte de ingresar en ella. Imposible llegar tarde, pensó; a un minuto de viaje caminando; nada de renegar con el tránsito; hasta podría volver a comer a su casa los mediodías. Genial, todo cerraba.

Llegó puntual, esta vez sin la informalidad de los otros días. Se presentó en la recepción, con una cierta sonrisa cómplice con las chicas de la mesa de entrada, quienes se mostraron sorprendidas por su elegancia. Bromeó con ellas con respeto y se sentó a esperar. Mientras, observaba las instalaciones, el buen gusto de la decoración, lo luminosos de sus pasillos, y la belleza de sus posibles futuras compañeras.

La secretaria lo llama y lo invita a seguirla hasta la oficina del gerente. Pablo se acomodó el cuello y el nudo de su corbata y recordó las posturas corporales que sabía que debía adoptar, desde cómo sentarse hasta la presión en el apretón de manos para no parecer débil ni tampoco agresivo.

Buenas tardes, ¿Usted es…? Pablo De Felipe, contestó. “Ah, el vecino” corrigió el gerente, rompiendo el hielo de una forma amena. Le indicó con señas que tomara asiento, mientras atendía su celular que vibraba en la mesa. Pablo se sintió más aliviado. Evidentemente, la oportuna vecindad con la empresa ayudaba a levantar la primera barrera. Mientras el gerente hablaba, Pablo recorrió cada detalle de la inmensa oficina para encontrar alguna excusa para iniciar una conversación. Sobre la pared lateral había varias placas y premios de reconocimientos de la compañía y una pequeña bandera yanqui junto a otra argentina sobre el escritorio. Y, en el fondo, se veía el famoso afiche del Tío Sam, aquella imagen de un anciano señalando hacia delante, con gesto amargado, pelo blanco, barba de chivo y vestido con ropa con los colores americanos y la leyenda que completaba la publicidad: “te quiero a ti para el ejército norteamericano…”. Pablo prefirió no seguir mirando. 

Una vez que el gerente hubo finalizado se sentó en un gran sillón; quedaron frente e frente, mesa de por medio. Detrás del gerente había un ventanal que daba a un patio decorado con unas plantas artificiales, y con cañas y adornos cuidadosamente diseñados. Sin embargo había en ese patio, convertido en un coqueto jardín de invierno, un detalle que desentonaba con el resto. A Pablo, obsesivo cómo era, le perturbaba que algo estuviera fuera de lugar, sobre todo allí, donde todo parecía puntillosamente pensado y puesto en su lugar. Pero no podía seguir mirando por encima del hombro del gerente, quien había comenzado con la entrevista y que lo miraba fijamente a los ojos, con la mirada gélida del dueño de las cosas.

Pablo arrancó su exposición comenzando por justificarse, de por qué había estado meses sin trabajar. Hábilmente argumentaba con seguridad y con credibilidad cuando advirtió fatalmente que lo que había en el patio, detrás del gerente, le resultaba muy familiar. Se trataba de su viejo calzoncillo azul, el mismo que se había volado del tender y que con mala fortuna vino a aterrizar allí, y que ahora permanecía colgado, conformando una enorme sonrisa entre dos cañas de bambú. El calzoncillo de Perón flameaba como una bandera de rendición de guerra, y de alguna manera esto sería una mala premoción. Pablo comenzó a dispersarse y hasta estaba comenzando a tartamudear. En ese preciso momento recordó las palabras de su mujer: “tirá ese calzoncillo de mierda” había dicho una y mil veces. Lo que nunca se imaginó es que el objeto que el atesoraba como cábala, pudiera ahora estar jugándole una mala pasada. Pablo no pudo evitar que el gerente advirtiera su perturbación y su mirada por el encima del hombro. Además sus titubeos eran cada vez más evidentes. El gerente se dio vuelta y al ver semejante detalle escenográfico puso el grito en el cielo y llamó a la empleada de limpieza. “¿Qué significa esto?” le gritó enojado. Acto seguido, entró la secretaria para ver qué pasaba. El gerente, ofuscado, le reclamo porqué no había dejado la oficina en condiciones. “No voy a tolerar este grave error” dijo el gerente enojadísimo y, mirando con desprecio a la empleada de limpieza, agregó en forma despótica: “agarrá tus cosas y andáte”. Pablo no pudo intervenir para minimizar la situación. La pobre mujer temblaba sin saber defenderse. Una pulsión interior de justicia estaba sacándolo de sus cabales. El buen clima inicial ya se había desvirtuado y aunque no era su función no podía permitir que despidieran a esa chica por este accidente menor. Quiso intentar una explicación para distender la situación: “Se habrá volado de algún lado, con este viento…”. El gerente mirando hacia arriba de la medianera agregó: “No sé cuanto duraremos en este barrio de mierda”. Esa frase despectiva hacia su barrio hizo que Pablo lo sintiera como una ofensa personal. Sintió, de algún modo, que un nuevo viento quería soplarle sus convicciones, arrancarle de cuajo su dignidad, como había hecho el poderoso viento con su calzoncillo, y tampoco quería ser débil como el broche que no ofreció la resistencia suficiente. Su compinche, la secretaria, también estaba pasando un mal momento y eso también le daba culpa, ya que ella lo había ayudado a conseguir la entrevista. El gerente le ordenó a su secretaria que acompañara a Pablo a la puerta, porque que la entrevista se postergaba y, luego, dirigiéndose a la empleada de limpieza, le dijo: “Y vos, llevále ese calzón a tu marido, que tal vez le haga falta”. Tamaña ofensa hizo reaccionar a Pablo. Una sensación de orgullo herido le hizo reflotar de golpe la dignidad que había perdido desde que estaba desocupado. Se volvió sobre sus pasos, atravesó la oficina, abrió la puerta del patiecito y descolgó su prenda más preciada. Ante la mirada atónita del gerente, se lo metió en su bolsillo, le guiño el ojo a la secretaria y salió decidido a la calle, con el pecho inflado y el calzoncillo de Perón apretado en su puño.

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