El escritor irreverente que revolucionó la crítica literaria argentina
David

Un día como hoy pero de 1927 nacía Boris David Viñas Porter, escritor, crítico literario, docente universitario, guionista de cine y televisión, cuya obra refleja una sinergia constante entre práctica literaria, análisis histórico y accionar político, que llevó su escritura realista hasta los límites y que inauguró una manera disruptiva y crítica de pensar la historia de la literatura argentina.
Nació en la ciudad de Buenos Aires. Hijo de Esther Porter, judía emigrada de Odessa y Pedro Ismael Viñas, descendiente de andaluces, juez de militancia radical que actuó en el conflicto entre obreros rurales y dueños de la tierra que se conoció como Patagonia rebelde. Cursó sus estudios primarios en un colegio de la orden de salesianos y a los trece años ingresó en el Liceo General San Martín. No era lo que quería pero los problemas económicos mandaban. No soportaba el ambiente de violencia ni el autoritarismo reinante. En el último año insultó a un oficial y fue expulsado de la institución.
Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y comenzó su recorrido en el ambiente literario. Se inició como corrector en la editorial Losada y escribió sus primeras historias bajo el seudónimo de Pedro Pago. A su vez, fue presidente del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras y presidente de la FUBA. Como muchos universitarios/as de la época tuvo una relación conflictiva con el gobierno. En 1949 el peronismo había decretado la gratuidad de la educación superior pero, por otro lado, intervino la UBA y persiguió a muchos docentes. 
Viñas confrontó con esa política de persecución; pero siempre se declaró “contrera”, nunca “gorila”. Una diferencia no menor en dicha época. La crítica al gobierno no le hizo perder la perspectiva de lo que representaban sus bases y otras aristas de la política gubernamental de ese momento. Curiosamente, en 1951 le tocó ser fiscal de la mesa en la que votó Eva Perón, enferma y orgullosa de ser una de las artífices de la ley que permitió el sufragio femenino en la República Argentina.
En la universidad había conocido a Adelaida Gigli, artista plástica ítalo-argentina con quien se casó y con quien tuvo una hija y un hijo: María Adelaida y Lorenzo Ismael, ambos desaparecidos por la dictadura genocida iniciada en 1976.
Junto a su esposa y a su hermano mayor Ismael y Susana Fiorito fundaron en 1953 la icónica revista Contorno, publicación que inauguró una visión rupturista de la cultura y la política y una novedosa relectura de la literatura argentina. Se publicó durante seis años (diez números y dos cuadernos) y tuvo notables colaboradores como: León Rozitchner, Noé Jitrik, Adolfo Prieto, Carlos Correas, Oscar Masotta, Rodolfo Kusch, Juan José Sebreli.
En 1955 publicó Cayó sobre su rostro, obra que narraba el proceso en que se consolidó la organización del estado moderno argentino y el papel de la oligarquía, a través del relato del último día de vida del hacendado Antonio Vera. Un año después publicó Los despiadados, en la que relataba sus experiencias y visiones durante el primer peronismo. 
De sobrepique, publicó Un dios cotidiano novela en la que testimonia las prácticas educativas en los colegios católicos argentinos españolismo franquista mediante a través de la mirada de un docente en camino al sacerdocio que da cuenta del clima de temor reinante en su institución y la reivindicación del estado de vigilancia, la violencia y el castigo como práctica cotidiana.
En 1958, dio a la luz Los dueños de la tierra, una obra relatada en tercera persona que disecciona el proceso que llevó a las huelgas de los peones rurales en la Patagonia, la feroz represión ordenada por el gobierno de Hipólito Yrigoyen y que ponía de relieve el personaje de un funcionario radical que intentaba conciliar lo irreconciliable con el consabido fracaso.
Ese mismo año incursionó en el cine como guionista de la película El jefe dirigida por Fernando Ayala y protagonizada por Alberto de Mendoza, Duilio Marzio, Leonardo Favio, Graciela Borges, Ignacio Quirós, entre otros. Al año siguiente fue guionista de El candidato, también dirigida por Ayala, con actuaciones de Olga Zubarry y Alfredo Alcón.
El triunfo de la Revolución Cubana le produjo un gran interés y un profundo compromiso. Vivió en La Habana, ganó el primer premio de Casa de las Américas con su novela Hombres a caballo, más adelante presidió su jurado y fue representante cultural del gobierno cubano en diversos países.
En 1964 publicó una de sus títulos más destacados: Literatura argentina y realidad política. Una obra que desacraliza los textos de la élite, los emparenta con el proyecto conservador y autoritario que dominó el siglo XIX y principios del veinte, devela la consolidación de una clase dominante con textos y procedimientos propios y que construye una literatura subordinada a un proyecto político con un carácter antidemocrático, antipopular y dependiente de la metrópoli. 
Su mérito fue alejarse del panfleto, no quedarse en la mera denuncia, utilizar una escritura entendible, con un léxico provocador y una retórica novedosa y conceptos críticos claros y eficaces. Asumió el carácter violento del nacimiento y desarrollo de nuestra historia desde la literatura y lo convirtió en un clásico de la crítica literaria en clave política.
En los años siguientes tuvo un ritmo continuo de publicación de sus obras. Ensayos como Rebeliones populares, novelas como Jauría, obras de teatro como Lisandro o Tupac Amaru. Luego vino la noche dictatorial y David Viñas debió exilarse. Amigos de su entorno como Haroldo Conti y Paco Urondo habían desaparecido o habían sido asesinados. El cerco se estrechaba. Su refugio fue España. Su centro de operaciones El Escorial, un municipio ubicado a 50 km al noroeste de Madrid. Su trabajo: profesor en las universidades de Madrid, Odense (Dinamarca) y Berlín.
Las noticias trágicas continuaban llegando desde el fin del mundo. Se había consumado el secuestro y desaparición de otro amigo, Rodolfo Walsh. En pocos años, sufrió las penosas desapariciones de su hija María Adelaida y de su hijo Lorenzo Ismael. Devastador, demoledor. Dos disparos al alma.
En 1979 alumbró una obra que tardó tres años en escribir Cuerpo a cuerpo, una novela en la que se pasa revista a cien años de violencia argentina a través de una institución que supo ser transversal, el ejército. Diseccionó sus prácticas, sus acciones, su secretismo, su modo de ejercer la violencia, su influencia política y su tránsito hasta última dictadura. Narración desordenada, sanguínea, desesperada sobre la expulsión permanente de diferentes colectivos humanos y su dominación. 
Entre el dolor y las ausencias no detuvo su obra. En 1982 publicó Indios, ejército y frontera y en 1983 Anarquistas en América Latina. La vuelta de la democracia le permitió dirigir la cátedra de Literatura Argentina en la facultad de Filosofía y Letras (donde sus clases eran multitudinarias) y luego como director del Instituto de Literatura Argentina. En la década del ’90 mixturó su obra con notas periodísticas. Así, aparecieron sus novelas Prontuario y Claudia conversa y sus dagas periodísticas de “Página 12” sobre literatura, política y denuncia pública al gobierno de Menem, que seleccionó para publicar Menemato y otros suburbios en el año 2000.
Su última obra fue Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX, un rompecabezas sin todas sus piezas, diálogos cerrados de a dos, personajes, lenguaje fragmentado, referencias eruditas. Una experiencia literaria sin redes. El 11 de marzo de 2011 sus pulmones sucumbieron ante una neumonía y su gesto desafiante dejó paso al descanso merecido.
Muchas gracias David! Por tu estilo novedoso de mirar la literatura y la política argentina, por develar el largo historial de la violencia en nuestra historia (que, generalmente, fue ocultada), por tu realismo con rasgos personales, por tu escritura sabionda y callejera.

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