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Elegir oponente
Enemigos - caballo blanco y caballo negro en tablero de ajedrez

Elecciones

“No conozco mayor enemigo del hombre

que aquel que es amigo de todo el mundo.”

Jean Jacques Rousseau

Nunca resultó. No sirve. La idea de elegir al adversario ha sido, siempre, una idea dañina, fútil, casi ridícula… y completamente ineficaz. Ni la Pandemia, ni la Infodemia, ni la Infectadura ni la Mishadura son argumentos suficientes para creer que, esta vez, la cosa va a andar, sencillamente porque no funca… no funciona. Is death. Finí. Auf Wiedersehen, C´est Tout.

Y se ha intentado… ¿eh?. Vaya si se ha intentado. A lo largo de la historia argentina podríamos señalar decenas de casos de grandes hombres y mujeres de la política que sucumbieron a la tentación de investir a su propio oponente.

Es conocida la inquina de Sarmiento por Julio Argentino Roca; sus denuncias de corrupción, su énfasis por golpear a Ataliva, hermano del conductor de la Campaña al Desierto. Tanto que impuso una frase para atacar a la familia. Decía: “No te Atalivés”, que era una manera de decir no te corrompas. Pero, lo que buscaba el sanjuanino, en el fondo, era confrontar con el tucumano para constituir una de esas parejas políticas de amor odio, subsidiarias el uno del otro, casi parásitas. Y, sin embargo, esta estrategia sólo proyectó a don Julio Argentino, que alcanzó la presidencia en 1898, diez años después de que su gran detractor (y socio en el posicionamiento político) muriera en Asunción del Paraguay.

Algo similar pasó entre Roque Sáenz Peña e Hipólito Yrigoyen. “Sáenz Peña conocía muy bien a Yrigoyen y, al igual que muchos adversarios políticos de éste, le tenía gran estima y respeto. Había sido en su infancia compañero de bancos de escuela con su tío Leandro Alem y en sus mocedades compañero de bancas de la Legislatura de Buenos Aires con el propio Hipólito” escribe Diego Alberto Barovero en su artículo sobre la Reforma Electoral de 1912. Pero, en realidad, Sáenz Peña lo estaba eligiendo como adversario. Y ese adversario que a la postre, aparecía como fácil; ese al que le concede “la Ley Sáenz Peña” es el que, finalmente, termina ganando las elecciones presidenciales de 1916 y organiza el Primer Movimiento Histórico; articulación iniciática de la presencia nacional, popular y masiva en la política argentina.

Para los que detestan estas recurrencias de la historia pendular, un dato del presente inmediato: la enjundia con la que la Derecha buscó reinstalar a Cristina Kirchner en el lugar del candidato opositor y el revés de proporciones que recibió debido al genial “gambito de dama” con el que “la candidata ideal del macrismo” revirtió no sólo los resultados de la elección sino, además, la estructura de law fare con el que se intentaba rodearla y condenarla.

La fantasía, el sueño húmedo de elegir a un oponente que nos asegure un combate vistoso y la certeza de un triunfo contundente, es poco más que eso: una suerte de ruleta rusa en la que, generalmente, se gatilla el que la propone.

Vale mirarse, entonces, en el espejo de la Historia, pasada o reciente, para tomarle el peso al hecho de sentarse con alguien de la oposición, llamarlo por su nombre de pila, “cobijarlo”, constituirlo, instaurarlo. Salvo que…

Salvo que la idea sea, otra vez (y van…) esa fantasía pseudo erótica de armar un Tercer Movimiento Histórico… ensoñaciones en las que han patinado Emilio Massera (“el hombre fuerte” del Proceso), Raúl Alfonsín (cuando era “el Alfonso” y tenía a la Coordinadora detrás), Carlos Menem (con sus largos 10 años de Poder) e ainda mais: un sueño que siempre se vuelve pesadilla pero que pocos -casi ninguno- de los que saborean el regusto del Poder político, se atreve a rechazar.

El Jorge Luis, ciego mayor de la Argentina, solía decir que “Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”. Lo que no resuelve Borges es si la rivalidad constituye parecidos o se elige sobre la base de identidades y adhesiones pretéritas. Un cuento de final abierto, al modo de Georgie; que, bien podría llamarse “El Hombre de la Casa Rosada” e incluirse en la Historia Universal de la Infamia.

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