POR MI MAMA, MI ABUELA Y TODA LA GENERACION DE MUJERES QUE ME HICIERON LO QUE SOY.
Evita, de crisálida a mariposa eterna.
Texto: Anita Zen / Dibujo: Caito Onnainty
Para hablar sobre Eva Duarte tengo que hablar de mí, de la historia que nos cruza sin habernos cruzado en la vida real.
Mi abuelo materno peronista fue intendente en Lules, porque creía en el peronismo tan férreamente, que se avocó de lleno a la política. Mi mamá, con 4 años, se destacaba dando conciertos de piano en ese pequeño pueblo de Tucumán. Mi abuela compartía las convicciones y había armado una básica en su casa, algo que siguió haciendo luego, cuando tuvieron que irse. Llevaban una vida modesta, porque mi abuelo fue tan honesto, que jamás quiso lujos para él, sino lograr que su pueblo pudiera estar mejor.
Entre 1945 y 1955 pasaron diez años donde lo hermoso se transformó en un infierno. El Pueblo que había ganado conquistas, terminó otra vez relegado y esa fusiladora que se cobró varias vidas, destruyó la vida de mi abuelo también. Fiel a sus convicciones, con su franja de luto en el brazo, lo obligaron a someterse al nuevo régimen o partir, y claramente él eligió partir, porque a nosotros no nos doblegaron nunca, ya viene de familia.
Se fue un año después. Lo dejó todo y partió solo a Lanús, a una fábrica, a volver a empezar. Mi mamá tuvo que resignar su piano y sus anhelos de ser concertista, porque unos señores malos obligaban a su papá a arrancarla de su ciudad natal.
En ese intervalo de tiempo, muchos años antes de mi nacimiento y de que mi mamá viajara a la provincia de Buenos Aires, una mujer había dejado una huella extraordinaria, una huella que creo que fue la que nos marcó a muchos y muchas que recogimos su ejemplo.
Evita, esa “oruga” para algunos, que pudo convertirse en mariposa y con sus alas derrotar a la oligarquía, a los hipócritas, a los falsos, a los envidiosos, a los que lucraron con la pobreza tanto tiempo, fue una MUJER con mayúscula que demostró más valor que el propio Perón.
Cuando leí su historia, sin dejar de llorar porque es inevitable llorar cuando lees a Eva, pensé ¿desde qué lugar hablo de ella, desde qué lugar la abordo? Y creo que hay una frase que ella expresa en La Razón de mi vida que me identificó totalmente: “No comprendía que habiendo pobres hubiese ricos y que el afán de éstos por la riqueza fuese la causa de la pobreza de tanta gente. Nunca pude pensar, desde entonces, en esa injusticia sin indignarme, y pensar en ella me produjo siempre una rara sensación de asfixia, como si no pudiendo remediar el mal que yo veía, me faltase el aire necesario para respirar”.
A Eva y a mí nos asfixiaron y asfixian las mismas cosas: la desigualdad, la inequidad, la injusticia, la naturalización de la pobreza y sobre todo la insensibilidad de los demás, porque aún hoy me pregunto ¿porque tanta gente vive sin sentir el dolor del otro? ¿Cómo pueden respirar sabiendo que otros la pasan mal? ¿Cómo no sufren teniendo la certeza de que otros sufren? Creo que la empatía es algo tan valioso que la hemos desvalorizado y Eva empatizó tanto con los demás que se olvidó de sí misma, al punto tal de que su cuerpo la abandonara en el momento culmine donde la historia hubiera sido otra para el Pueblo, para mi abuelo y para mí. Quizás hubiera sido otra Analía, naciendo en otro lado, criada de otra forma, más involucrada en la lucha o totalmente distante.
Pero Evita nos dejó con 33 años y con muchas preguntas: ¿hubiera sido vicepresidenta? ¿La hubieran dejado gobernar? ¿Se hubieran animado a derrocar a Perón si ella estaba viva? Yo creo que Eva fue una guerrera, una comandante, la voz de la consciencia de un Perón conciliador que se topaba con esta fiera que le decía lo que él no quería oír, pero que en realidad era lo que debía hacer, porque era lo justo, aun si se enfrentaba con su propia gente.
Eva fue actriz, pero su papel magistral fue ser Eva Duarte de Perón y tener que vivir engalanada, entre oropeles y vestidos caros, para conocer desde lo más alto quienes eran los verdaderos enemigos de la liberación del pueblo. Ella lo dice, casi al final, cuando se estaba apagando en ese mensaje que nos queda grabado: “Quiero decirles la verdad que nunca fue dicha por nadie fue capaz de seguir la farsa como yo, para saber toda la verdad...Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. Y tengo que decirlas a todos los pueblos engañados de la humanidad. A los trabajadores, a las mujeres, a los humildes descamisados de mi Patria y a todos los descamisados de la tierra y a la infinita raza de los pueblos! como un mensaje de mi corazón”.
Su búsqueda de verdad y justicia, su rebeldía, su insurrección, su incorrección política, porque era incorrecta, puteadora, gritona, avasallante, un huracán que arrasaba con todo aquel que se interponía con su voluntad de hacer, hacer y hacer, fue la que me hizo amarla por sobre todas las cosas.
Eva y yo nos encontramos en distintos momentos. Mi vida está llena de señales de ella, que fue dándome y que recién pude ver casi a los 40 años. Es que antes no era yo, era algo que no quería ser, una tontita que creyó que sabía todo pero no sabía nada, hasta que no experimentó caer tan profundo y tan hondo que ahí comprendió la verdad: que había sido egoísta, que no había dado nada a los demás, que me había pasado la vida repitiendo teorías hermosas pero que eran inútiles. ¿Quién era yo, qué quería, por qué lo tuve claro tan tarde?
En el 2001, en medio de la crisis, me echaron de mi trabajo y quedé en ruinas. El destino, unos meses después, de la mano de una amiga, me llevó a realizar una investigación profunda en el Consejo Nacional del Menor para una investigadora estadounidense que quería recoger las cartas que tantas familias le habían enviado a Eva durante años. Me sumergí en un sótano lleno de ratas, de expedientes sucios y enmohecidos, con una de mis primeras computadoras portátiles y comencé a leer el otro costado maravilloso de esta mujer: la obra con sus descamisados.
Es que esta guerrera, que trabajaba las 24 horas del día y le pedía a Dios que le diera más tiempo, nunca dejaba una carta sin contestar, ni un pedido sin complacer. Y ahí estaba yo, tipeando legajos, leyendo vidas enteras de familias que pudieron levantarse porque su “damita” les daba la oportunidad de educación para sus hijos, un hogar de tránsito hasta que pudieran volver con su familia, enviarles una asistente social a sus casas, comprarles útiles, brindarles trabajo, responder sus cartas muchas veces de puño y letra o simplemente aparecerse frente a su puerta, sin aviso, porque así era ella: intrépida, sorprendente, desconcertante.
Entre carta y carta, legajo y legajo, mi admiración creció inconmensurablemente porque fui testigo de tantas vidas cambiadas y ya no eran las anécdotas de libros, ni mi vieja o mi viejo contándome su pasado, yo tenía un puñado de historia que durante dos años leí en forma compulsiva, y que no podía dejar de leer porque me volví adicta a esos legajos que en su mayoría tenían final feliz.
Eva provocó odio porque dio mucho amor, un amor que transformó la realidad de los relegados, los humildes, los pobres, esa “casta” que muchos miraban con asco y que a lo sumo le tiraban una limosna para justificar sus propias miserias. Y cuando llegó esa mujer chiquitita, frágil, humilde, que jamás olvidó sus orígenes, ninguno hubiera creído que la crisálida iba a romperse en mil pedazos y que esa mariposa iba a convertirse en su peor enemiga.
Cuando pienso en Eva la imagino en una selva, con un machete, el machete de la justicia y la verdad, llena de incógnitas, llena de preguntas sobre cómo hacer, de qué modo hacer, aprendiendo aceleradamente, absorbiendo libros, vidas, historias, momentos, instantes, y mirando a los ojos a aquellos que la habían despreciado toda la vida, porque el desprecio no se olvida nunca, el desprecio se guarda en un cajón y en algún momento aflora, pero ella pudo transformarlo en acciones, ni en rencor ni en venganza, sino en acciones que cambiaron el paradigma de un pueblo que por primera vez tuvo protagonismo.
Si tengo que hablar de Eva tengo que decir que nunca se fue porque era un Fénix, ese mismo que me tatué en el omóplato para recordarla, pero un Fénix que resurgió en nosotros, donde algunos tomamos una ceniza y la volvimos propia, tan nuestra, tan íntima, que muchos nos sentimos ella, yo me siento un poco ella, mi vida entera, apagada o encendida, tiene que ver con esta Mariposa que alguna vez fue una oruga, pero que cuando rompió su crisálida nos mostró un camino de verdades que ya fue imposible desandar.
Eva es un viaje de ida. Los que eligen recordarla con odio se pierden el amor. Los que eligen recordarla con amor, seguramente sentirán lo mismo que yo: que no hubo otra mujer que nos hiciera llorar con su propia voz o con la voz de otros hablando de ella.
Eva, la guerrera, la luchadora, la primera descamisada, fue una inmensa mujer que marco el rumbo de un pueblo, donde hoy una parte de él necesita despertarse y recordar:
NO EXISTE PAÍS QUE SE ENDERECE SIN JUSTICIA SOCIAL, SOBERANÍA POLITICA E INDEPENDENCIA ECONOMICA.
NO EXISTE UN PAÍS QUE PUEDA RESURGIR DE LAS CENIZAS SI NIEGA SUS ORIGENES.
NO EXISTE UN PAIS QUE PUEDA LEVANTARSE SIN SENTIR EL DOLOR POR EL OTRO.
EVA NOS MOSTRÓ ESE CAMINO QUE NO ES IMPOSIBLE, SOLO TENEMOS QUE DEJAR CAER LA VENDA DE LA MENTIRA Y COMPRENDER LA VERDAD.
¡GRACIAS EVITA Y FELIZ DIA DE LA MUJER!
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