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FRANCISCO: LA ERA DE LA CONCHUDEZ
Papa Francisco

La victimización es la base del femirulismo.

No hay narrativa femirula sin victimización. Por ejemplo, en el caso Saganías, con un hombre golpeado, acuchillado, violado, con un simulacro de ejecución y su casa incendiada, Vágina/12 sostiene algo más que la inocencia de la instigadora, avala por omisión y sin la más mínima mención piadosa, lo que consideran justicia por mano propia, y así, se pone del lado de cuatro asesinos y violadores.

Para hacerlo, hace recaer la sospecha de un abuso que nunca ocurrió, en la única víctima del asunto, un hombre. Con este hilo, entonces, puede asegurar: aquí tenemos una pobre madre a la que una justicia patriarcal no escuchó, por lo tanto, se vio obligada a un escrache, y entonces, su madre y un hermano se “excedieron” en el castigo. Ahora, la condenan a 23 años por “una denuncia en las redes” y la separan de sus hijos.

Hay que crear un “phisique du rol”, una “persona escénica”. La mujer, que siempre es al mismo tiempo desvalida, ingenua, débil, incauta, inocente, noble como un animalito (es decir, lo suficientemente pura pero también lo necesariamente limitada) protagoniza cada una de estas sagas.

Así quieren que las veamos, así quieren verse.

Fardín y su llanto a cámara, jóvenes que dicen recordar en “destellos” de memoria una violación que denuncian ocho meses después, víctimas que conviven con sus “violadores” y son reconocidas como parejas por el entorno, que terminan denunciándolos varios años después, mujeres que concertan una cita sexual y tres años después entienden haber sido abusadas por una práctica sexual que no consintieron.

La conchuda es esa mujer que hace de su debilidad, fuerza; es esquiva, escondedora, la típica mosquita muerta. El femirulismo parece decidido a jugar con este ejemplar que en el barrio conocemos a fondo. Nada hay más conocido y viejo que una conchuda, sin embargo el femirulismo disimula que lo que está mostrando al mundo en cada uno de estos relatos, son conchudas hechas y derechas.

Es más, cuando por este muro hemos dicho esta palabra, nos han venido con prevenciones y a señalarnos que porta una carga despectiva hacia las mujeres porque alude al aparato genital y blablá. La conchuda es una conchuda. Punto. Acá no se discutirá más, porque hacerlo es prestarle oídos a más de una conchuda.

Por ejemplo, en el episodio de hoy con Francisco, que ahora da la vuelta al mundo, cómo se nos muestra a la “china” que lo zamarrea. Como una pobrecita, una víctima. No es original, se hace a diario. La idea es arrancarle a la mujer todo lo humano, lo monstruoso, sacarla del gris, apartarla incluso del género humano para alojarla solo en el género.

Dejemos de lado la esquizofrenia que significa que junto con este discurso, se propagandice su poderío sexual, el goce, los avances en distintos campos, “mi cuerpa, mi decisiona”; lo que se necesita es esa figura de víctima. La “china” es agresiva, tal vez una psicótica, peligrosa para un anciano, una cholula que no mide consecuencias ni fuerza. La situación no es una tontería: hablamos de un jefe de estado, ornado por un aura particular y por un particular carisma. ¿Cómo es que se naturaliza esa agresión, cómo es que apartar a una persona que lo retiene con malos modales no es vista como tal? Pues porque cualquier cosa que hoy haga una mujer, dado el grado de perversión alcanzado, corresponde al espacio de la conchudez.

Los estrados, las cámaras, las redes, son los espacios donde se crean estos personajes y se sostienen estas narrativas. El hombre, por otra parte, representa lo contrario. Si todos somos hijos sanos del patriarcado, pues por qué el Papa no será también visto como un violador o un golpeador más. Sobre todo, porque preside lo que se considera “la” institución patriarcal por excelencia.

Lo curioso, o no tanto, es que el caso del Papa y la “china” funciona igual que cualquier puterío de por aquí. Miles de millones en este caso, deciden que el Papa debe “renunciar” (este fue el hashtag predominante de la jornada). Es decir, se lo escracha y luego se pide que se vaya, que desaparezca, así, por arte de magia. Es lo mismo que ocurre con cualquier hijo de vecino.

Y más aún, a nadie la interesa la “china”, pero si llegara a trascender una “fake news” sobre ella (les tiro una posible: es una mujer con un enfermedad terminal que quería sentir el contacto con Francisco en la esperanza de un milagro que la curara), todos la sentirán como una pobre víctima (hagan memoria los habitués a este muro cuando aparecen los sionistas a decir “yo estuve con ella en un café de Barcelona y me contó cuánto había sufrido con lágrimas en los ojos”; todos siempre se encuentran con la misma persona, en la misma ciudad, con lágrimas en los ojos).

Porque es un relato esto: uno de caperucitas desvalidas y golpeadores, en donde no hay gradaciones: una cachetadita en la mano para sacarse de encima a una loca es igual que una trompada en una relación amorosa de la que de todos modos no se conoce nada pero se imagina todo.

Alguno TODAVÍA viene por acá a medir el índice de “machirulismo” de este muro, así que despejemos toda duda:_lo antedicho no significa rebajar ni un gramo la gravedad de la violencia de género, pero aquí no nos dedicamos a recolectar información y exponer aspectos que los medios hegemónicos hacen a diario.

Aquí solamente queremos que a los 300 femicidios no se le sumen decenas de suicidios por escraches o miles de vidas arruinadas por la maledicencia suelta por culpta de un relato universal.

Aquí nos oponemos a vivir en la era de la conchudez.

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