Independencia y blues.
TExto de Anita Zen, dibujo de Caito Onnainty

Independencia y Blues

Colectivo 160. Vuelta desde Lanús. Frio intenso a las siete de la tarde. Voy del lado de la ventanilla pensando en varias cosas, mientras confirmo cómo el paisaje urbano fue cambiando a lo largo de estos años. 
Poco pasaje, asientos vacíos, los suficientes para que el viento se cuele en cada asiento y sea un pasajero más. 
Mi marido huele las naranjas que elegimos del árbol de la casa de sus padres, un olor a silvestre, a fresco, a infancia, a un tiempo que nunca volverá. 
Dos señoras no dejan de hablar en los asientos de adelante. Tienen toda la pinta de ser Surikatas.
Miro mi celular fastidiada, buscando los auriculares para intentar acallar el griterío con un poco de música, pero algo me interrumpe.
-Disculpen señores pasajeros, no quisiera molestar. Voy a interpretar algo de música para ustedes.
Miro al flaco y mientras observo el traje gastado, el pelo largo y los mosacines viejos, noto que saca un armónica y comienza lentamente a tocar el himno nacional argentino bluseado.
Y por un instante todo se detiene, hasta el viento que parece haber amainado solo por la distracción generada por ese músico que logró conmover a todo un pasaje desprevenido.
Las dos señoras callan. El flaco que estaba dormido babeando sobre el vidrio se despierta. La nenita que lloraba en brazos de su mama deja de hacerlo y yo por un segundo me dejo llevar por la música de alguien que supo cautivarme desde un principio. 
Mientras suena el himno con tonos de bluses pienso en la magia de la música y cómo a veces los milagros ocurren donde uno menos los espera, arriba de un colectivo, una tarde fría de julio.
Y cuando termina lo aplaudimos todos, sin distinción de ideologías porque si algo nos hermana en vísperas del día de la independencia es escuchar el himno interpretado con el sentimiento de un músico callejero que entregó su alma en cada nota de la armónica. 
Le damos todos algo de guita, no queda nadie sin poner. Cuando llega a nosotros le tomamos la mano y le decimos gracias. 
-Fue un placer tocar para ustedes
Y se baja. Y mi marido y yo nos quedamos en silencio. Lo veo caminar por la Av Independencia y casi perderse en la bruma como un fantasma que aparece en los momentos justos para recordarte que ser argentino, aún si el país se derrumba, sigue siendo hermoso porque aunque hoy sintamos vergüenza, se que mañana volveremos a recuperar ese orgullo y emoción que nos atraviesa cada vez que escuchamos nuestro himno nacional."

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