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La pandemia, esta desmesura de horror y amor
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Anoche en ADN, un enfermo recuperado de COVID dio su testimonio. 98 días internado, 58 intubado, 2 paros cardíacos, 30 kilos menos, un mes y medio más de internación para volver a caminar, una operación pendiente. Cuarenta y pocos años, ningún tipo de comorbilidad. Antes de intubarlo, le acercaron un celular para que hiciera su última llamada. Hay que recordar que de cada 10 intubados, solo uno sale. De esa cuenta podemos imaginar 30 o 40.000 llamadas a hijos, padres, hermanos, novias, esposos. Miles de despedidas. 

El trabajo de esos médicos, enfermeras, camilleros, auxiliares, se mide en los millones de recuperados, en los 500 trabajadores de la salud muertos, en cada gesto de amor, en esos celulares que sin ningún protocolo establecido aparecen en manos de una médica o de un enfermero para que el paciente tenga su adiós, un cierre que dignifique su vida.

En la misma emisión, una enfermera cordobesa mostraba cómo escribió su nombre en un casco para que al entrar a terapia los pacientes la reconozcan. "Es que si no, somos robots". Esa fue la forma de humanizarse para el otro pero también para sí. Y más allá de estos extremos, sin ropa que nos oculte, todos estamos perdiendo humanidad en la desmesura de una tragedia desconocida. 

Al contemplar el testimonio del sobreviviente, se toma conciencia del horror, lo que resulta obvio, pero también de la dimensión humana, por más negada que en esta crisis resulte; de su mujer entregándole un rosario cuando la dejen entrar, de la música que cada mañana ponía un enfermero en terapia, de la doctora que envuelve su celular para pasárselo sin riesgo al enfermo, de ese hombre que creyó haber pasado dos días en terapia, cuando en verdad estuvo dos meses, para enterarse entonces que el virus se había llevado a su padre.

Como estrategia para atravesar esto, nos hemos insensibilizado, a veces, con una euforia maníaca en una fiesta clandestina, a veces, a través de la negación que se expresa en una sonsa desobediencia, a menudo, racionalizando por la vía de explicaciones que relativizan el asunto o derrapan en teorías conspiranoicas.

Pero al asistir a esta historia, no hay medias tintas: vaya usted a decirle a ese médico que le dé a sus pacientes inhalaciones, que les suministre dióxido de cloro, insinúe a esa gente que apenas sobrevuela la línea de la pobreza, que es cómplice del nuevo orden mundial y que es un pelele en manos del gran titiritero. 

Es necesario distinguir entre la necropolítica, la torpeza de un gobierno que a veces fue alarmista para infundir un poco de miedo que contrabalanceara la inconsciencia de algunos, el pánico como discurso y negocio de los medios, y lo real, que es ni más ni menos que esto: ayer, se difundió el caso de una chica de 29 años, tres veces infectada de COVID, hoy con ataques de pánico o quizás con afecciones cardíacas.

Porque el virus deja entre otras esa secuela; y ya no es la tómbola de síntomas y consecuencias que al tuntún se barajaban el año pasado; afectado dos veces por el virus, un jugador de Gimnasia con afecciones cardíacas, abandonó el fútbol. Fue la misma semana en la que un pibe de All boys se desmayó, enfermo, en el vestuario.

Hagan el trabajo de buscar en Google los periodistas afectados, desde Lapegüe, grave, hasta Viale, muerto, o el joven Brancatelli con neumonía, sin olvidar, claro, a Víctor Hugo, que por fortuna pudo contar con voz ya clara cómo un enfermero lo bañaba a diario con todo el amor y el oficio de los que solo un tipo que ama a su trabajo y a la humanidad, es capaz de hacer.

Frente a esto, paso de cualquier especulación: que si el virus fue creado, hombre, claro, si hasta asesinaron en vivo y en directo a 3000 personas en un atentado de falsa bandera; que solo un 1% de la población mundial lo sufre; sí, pero el asunto es reconocerse en ese 1 con un celular en la mano para una última llamada y a punto de ser intubado.

No queda más que reconocernos en estas trazas de humanidad sobre las que se levantarán los cimientos del futuro, cuidarnos sin pánico y esperar que las vacunas hagan el resto.

Vamos que podemos. Falta menos. Resistimos más de un año, mirá si no vas a poder.

Sobreviví a una dictadura, una guerra, dos hiperinflaciones, dos golpes de estado, el neoliberalismo, varios atentados.  Soy 7 encarnaciones de un suizo. Algunos de ustedes van por unas cuantas más.

Mirá si no vamos a poder.

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