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Las enseñanzas del Menemato (O cómo distinguir un Político de un lucrador de la política.)
Menem

Si, Político con mayúsculas y lucrador de la política con minúscula. Aunque los efectos que esas lacras producen en los países sean mayúsculos.

La Política es un concepto que deriva del griego “politikós” que significa “de los ciudadanos” o “del Estado”, que en latín se expresa como “politicus”. Los griegos denominaban Polis a la “ciudad” y al “Estado”, y Pólites a los ciudadanos. Los latinos denominaban “civitas” a la ciudad y “civilis” a los ciudadanos, de donde proviene nuestro adjetivo “civil”.

Desde el origen de la democracia nacida en Grecia los temas relativos al Estado eran temas relevantes para todos los habitantes de la ciudad con poder civil, que eran los considerados ciudadanos. Estas cuestiones del conjunto social se denominaban “politikoí”, y se diferenciaban de las cuestiones relativas a intereses personales que se denominaban “idiotikós” o “privados”.

Aristóteles ya había definido a las cuestiones familiares como privadas y las denominaba oikonomía, palabra conformada por oikos que significa hogar y nemein que significa gestión. Se refería a la satisfacción de las necesidades al interior de cada familia. Y las diferenciaba claramente de las cuestiones referidas a la Polis, que era la organización del conjunto de las familias. Tenía claro que la cuestión política era determinante para la oikonomía ya que determinaba las posibilidades reales para la calidad de vida de las familias y la felicidad de los ciudadanos, que era la finalidad última de la vida misma.

Aquellos que no se preocupaban por las cuestiones del conjunto se denominaban “idiotes”, que significaba “ciudadanos privados” o “incultos”. Significativamente esto da origen siglos más tarde a la palabra “idiota”. Cosa que probablemente seamos aquellos que creemos que es posible ser felices en un contexto social injusto y desigual.

También señala el verdadero sentido de la cultura, que es el conjunto de conocimientos, valores y herramientas que se generan históricamente a través de las prácticas del conjunto social, que se diferencia claramente de la “ilustración” que se incorpora a través de la educación enciclopédica.

Estas cuestiones tan simples nos ayudan a diferenciar sociológicamente a los Políticos de los aventureros.

Políticos son los que dedican una parte importante de su vida a generar las condiciones para la vida digna y la felicidad de los pueblos que representan. Aventureros de la política son los que la utilizan para satisfacer sus propios intereses personales, los de su entorno y los del sector socioeconómico del que forman parte.

Pero también nos ayudan a entender la diferencia sociológica entre los ciudadanos y los idiotes. Esos que Arturo Jauretche explicaba como zonzos. La ideología imperante en nuestro sistema capitalista es liberal individualista, y se dedica desde su inicio a producir idiotes. Gran parte de la batalla cultural que debemos dar dentro de nosotros mismos es para volver a darnos cuenta de las gravísimas consecuencias que tiene esa ideología para la vida misma de todos y cada uno de nosotros y nosotras.

En Argentina se ha producido un hecho que nos permite analizar hasta que punto es imprescindible aprender a discriminar los Políticos de los aventureros. Falleció un personaje que es quizá el ícono más nefasto de las experiencias del ejercicio del poder para la gratificación y el beneficio propio.

Carlos Saúl Menem nació el 2 de Julio de 1930 en La Rioja, en la localidad de Anillaco. Abogado de profesión. Fue gobernador de La Rioja dos períodos, 1973/76 y 1983/89 y presidente de la Nación 1989/ 1999. Del 2005 hasta el 2021 senador nacional. Y falleció a los 90 años este 14 de Febrero.

Una personalidad extremadamente carismática y seductora según todos los que lo conocieron. Decididamente sabía lo que quería y a quién quería. Se quería a sí mismo y quería ser el número uno. Y tuvo la capacidad de intuir en cada momento de su vida que decisión debía tomar para trepar hasta la cima. Y no tuvo ningún escrúpulo que le impidiera hacerlo. Algunos piensan que era un estratega, pero la realidad es que simplemente se dejó llevar por esa intuición instintiva que le marcaba claramente que decisión le era más conveniente.

Creo que realmente nunca quiso perjudicar a nadie. Siempre jugó para el bien propio y no para el mal de ninguno. Eso es una clara muestra de su astucia. Tampoco jugó para el bien de algún otro por más cercano que fuera, salvo que le conviniera. El bien y el mal no fueron cuestiones que pudiera discriminar. Desde el psicoanálisis esto configura parte de lo que organiza una estructura de personalidad psicopática, típica de aquellos que logran que los demás hagan lo que a él le conviene que hagan. Y cuando los demás se dan cuenta… ya es tarde.

El psicópata opera en base a su propia conveniencia y no reconoce los valores ni las normas, salvo para eludirlas. Todo lo que quiera y pueda hacer sin pagar consecuencias para él es lícito y está bien hacerlo. No sabe ni puede sentir culpa por lo que hace.

Una personalidad de esta naturaleza suele ser perjudicial para la mayoría de los que lo rodean. Pero no es tan nefasta en el plano privado como en el plano de la política. En el plano privado esos componentes de personalidad inclusive son necesarios para llegar a ocupar puestos como el de Director o CEO de una corporación. En ese plano afecta siempre a un sector reducido de la población. En el plano político es deflagrador para el conjunto.

Lamentablemente no tenía suficientes dotes para ser empresario privado, ni para ser futbolista, basquetbolista o tenista profesional, ni para una carrera artística. Y su intuición lo llevó al mundo de la política. Pero si el ciudadano jugador más importante del deporte más popular del mundo nos marcó a fuego con su “la pelota no se mancha”, hoy tenemos la obligación ciudadana de sostener que la Política no se mancha. A pesar de que los aventureros que produce el liberalismo se disfracen de políticos, la bastardeen y la usen en provecho propio.

La década menemista de 1989 a 1999 dejó a la Argentina a las puertas del abismo y sembró el terreno para que las mayorías populares -incluida la juventud de la época- descreyeran de la Política y los Políticos. La frase más repetida en el 2001 fue: “Que se vayan todos”. Obviamente el gobierno delarruista colaboró al incendio, pero la disolución del contrato político entre los ciudadanos y sus representantes había sido la constante de la gestión menemista.

Los datos duros de esa gestión no dejan lugar a dudas. La deuda externa creció de 63.000 a 147.000 millones de dólares. El desempleo creció del 7.1% al 15%. La pobreza que dejó en 1999 fue del 37% y la indigencia del 8.6%, guarismos similares a los del peor momento de la gestión alfonsinista.

La Ley de Reforma del Estado del 17 de Agosto de 1989 abrió la puerta al proceso de privatizaciones más feroz de la historia argentina. Se entregaron por privatizaciones o concesiones los ferrocarriles, los talleres navales y astilleros, líneas marítimas y puertos, las aerolíneas y aeropuertos, la tecnología aeroespacial, el correo, las telecomunicaciones, el agua, la electricidad, el gas, el hierro, el carbón, los Altos Hornos de Zapla, el petróleo, las petroquímicas, la siderurgia, las autopistas, las seis fábricas militares, la Caja Nacional de Ahorro y Seguro, los canales de televisión 11 y 13 y las radios Belgrano, Excelsior y Córdoba. Se disolvió Canal 7 ATC, la Junta Nacional de Granos y la de Carnes, el Banco Nacional de Desarrollo, la Corporación Argentina de Productores, la Empresa de Desarrollos Especiales, la Empresa Nuclear Argentina de Centrales Eléctricas, la Sociedad Argentina de Tecnología Aeroespacial y el Instituto Nacional de Reaseguros, entre otras tantas empresas públicas. YPF y Aerolíneas, junto a los Ferrocarriles fueron los golpes más sensibles a la moral y la autoestima de todos los argentinos.

Como dijo públicamente el Ministro de Obras y Servicios Públicos Roberto Dromi al anunciar esta ley, “Nada que deba estar en manos del Estado permanecerá en manos del Estado”. Este abogado especialista en Derecho Administrativo -que tenía en su prontuario haber sido Intendente de la ciudad de Mendoza durante la última dictadura cívico militar- se autodefinía como “gerente de privatizaciones” del gobierno. Tenía como subsecretario a Rodolfo Barra, futuro juez de la Corte Suprema menemista.

Dromi, como uno de los exponentes de la desembozada corrupción que acompañó toda la década, tuvo que renunciar en 1991 por presiones de la Embajada de EEUU a raíz de los sobornos exigidos a la empresa Swift, caso conocido como el Swiftgate. En ese escándalo se vio envuelto entre otros miembros del gabinete el en ese entonces Ministro de Salud y Acción Social Alberto Kohan, que también debió renunciar y se alejó unos años de la política.

En 1994, con la Reforma Previsional se privatizaron las jubilaciones y se creó el fabuloso negocio de las AFJP, que por otra parte colaboró al desfinanciamiento del estado. Los jubilados estaban condenados al hambre y desde 1991 el movimiento de jubilados liderado por la formidable Norma Plá, la reconocida abanderada de los jubilados, marchaba todos los miércoles y cortaba sistemáticamente la Avenida Rivadavia frente al Congreso. Nuestros abuelos se anticiparon varios años al movimiento piquetero. Pero el menemismo era tan salvaje con los débiles como amanuense con los poderosos.

Otros “logro logrado” en la década fue la transferencia a las provincias de los establecimientos escolares de nivel medio y los institutos de formación docente que estaban bajo la orbita del Estado Nacional. Obviamente sin acompañar esto con la debida financiación. Las escuelas primarias ya habían sido transferidas en 1978 por la dictadura. El gobierno central se desentendió de su rol central de garantizar un piso mínimo de calidad educativa a todos los habitantes del país y de la mínima igualdad de oportunidades que debe garantizar el sistema educativo. Escuelas ricas en distritos ricos y escuelas pobres en distritos pobres.

Otra perlita fue el contrabando de armas a Croacia y Ecuador, ambos países en guerra y sobre los que pesaban estrictas prohibiciones internacionales de venta de material bélico. Para peor Ecuador estaba en conflicto con Perú y Argentina era garante del Protocolo de Río de Janeiro -que aseguraba relaciones pacíficas entre Perú y Ecuador- desde 1942. Esa venta ilegal de 6.500 toneladas de armas y municiones se realizó entre 1991 y 1995, fecha en que fue descubierta y se inició un proceso judicial, que incluso en el 2001 llevó a la cárcel a Carlos Menem, pero sólo por unos meses gracias a los socios -sucios- del Poder Judicial. Ni bien se inicia la causa se produce la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero donde el material bélico contrabandeado había sido reacondicionado, atentado que produjo una catástrofe en la

ciudad, con siete muertos, trescientos heridos y decenas de casas seriamente dañadas. Para el objetivo de desaparecer pruebas en forma efectiva toda valía. El intendente de Río Tercero se negó a respetar los tres días de duelo decretados por el gobierno actual ante el fallecimiento del expresidente.

Pero más allá de los desaguisados de todo tipo cometidos, del primer bastardeo del contrato electoral entre los candidatos políticos y las bases ciudadanas electorales, es decir de la defraudación electoral; y de la entrega del país a las relaciones carnales con el imperio, la desindustrialización, la sentencia a muerte de miles de pueblos al desmantelar la red ferroviaria (al decir impune de Ménem: “ramal que para ramal que cierra”), el desempleo, la pobreza, la corrupción, el imperio de la amoralidad y la banalización y farandulización de la política, el menemato dejó la semilla de otra serpiente.

Aumentó de cinco a nueve los integrantes de la Corte Suprema y digitó a siete de ellos: Adolfo Vázquez, Eduardo Moliné O’Connor, Guillermo López, Antonio Boggiano, Rodolfo Barra, y al socio del estudio jurídico de su hermano Eduardo Menem, el oscuro abogado Julio Nazareno, que fue Presidente de la Corte entre 1990 y el 2003. Esto consolidó la memorable y temible “mayoría automática” de la corte menemista, que entre otras muestras de absurdos jurídicos absolvieron a Mauricio Macri en el caso del contrabando de autopartes de Sevel, por las cuales Franco y Mauricio le birlaron al Estado 55 millones de dólares.

Amplió los juzgados federales de seis a doce, y los cubrió con sus elegidos. Domingo Cavallo afirma que en 1996 para presionarlo a renunciar, el Ministro del Interior del gobierno, Carlos Vladimiro Corach le exhibió una servilleta con la lista de jueces federales que le reportaban. Los mencionados eran los célebres Carlos Liporaci, Adolfo Bagnasco, Claudio Bonadío, Gustavo Literas, Jorge Ballestero, Jorge Urso, Rodolfo Canicoba Corral, Carlos Branca y Norberto Oyarbide. Claudio Bonadío, ex Subsecretario de Asuntos Legales de Menem, había sido nombrado por decreto el primero de Mayo de 1994 al frente del Juzgado Federal N° 11.

Sucede que los jueces federales son los que tienen competencia para juzgar a los funcionarios de los gobiernos.

Los grandes medios masivos con Héctor Magnetto a la cabeza garantizaban el blindaje mediático para el festín menemista, del que participaban activamente.

Este pequeño racconto de la década menemista nos permite sacar tres conclusiones sociológicas: 1) Fue la segunda Década Infame, 2) En esa década se gestó el monstruo del lawfare, y 3) Fue una alfombra roja para la gestión de la versión corregida y aumentada del Siglo XXI, encabezada esta vez por un rubio de ojos celestes.

Como siempre, es aconsejable sacar un rédito positivo de experiencias tan dramáticas y costosas en términos materiales, morales e ideológicos para los pueblos. Las versiones morena y rubia de la malversación de la Política y el saqueo por parte de los representantes del poder real de la oligarquía y los poderes internacionales, con las funestas consecuencias que deparan para el conjunto social del que formamos parte nos dejan os desafíos:

Mantenernos informados y activos para discriminar los Políticos de los aventureros cuentapropistas infiltrados en la Política, y asumir que para nuestra propia supervivencia y para la posibilidad de una vida digna debemos asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos y alejarnos cada vez más de la posición de los idiotes. Este es el meollo de la Batalla Cultural.

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