"Latigazos" (Eva Perón, a 100 años de su natalicio)
Eva Perón.

LATIGAZOS.

 

Por la mañana, a Eva le habían trenzado el pelo, dejándole hecha una sola trenza rubia. Después y siempre desde su cama, también había ordenado que la manicura le sacara el esmalte de uñas, que le sacara ese “rojo chillón”, aunque sabía que tarde o temprano, se lo iban a tener que volver a colocar, y… sí… tenía que tenerlo impecable para cuando tuviera que volver al ruedo, porque lo tenía decidido, ¡Sí!, ¡Qué carajo!, aunque, ya le habían dejado las manos pálidas, chiquitas, los deditos huesudos… desnudos, tranquilos.

En realidad, hoy había estado arisca todo el día, no había querido recibir a nadie, solo al padre Hernán, su confesor, y con él, sus momentos de poner a prueba su sabiduría, su reflexión, su poder de perdón, de no haber vivido porque sí. Apenas había aceptado tomarse unos sorbos del caldito de pollo, y apenas si había soportado que le sacaran el esmalte de uñas viejo.

Cada pincelada sacándole el esmalte, había sido como si le hubiesen estado dando un latigazo. Le dolía todo, de los pies a la cabeza. Pero, el dolor, venía desde las entrañas, evidentemente. Odiaba que le tuvieran lástima… como a la soberbia de la oligarquía… es más… ¡No sabía si odiaba más a la lástima o a la oligarquía!, o a esa cuestión que iba una cosa de la mano de la otra, la oligarquía, daba limosnas por lástima, por la perversión de limpiar sus conciencias y así  seguir aprovechándose de los explotados. El padre, le rezaba, pidiendo  resignación a la pasión. Como intentando, apagar un infierno, con un vaso de agua.

Cuando le pedía a la enfermera que la ayudara a levantarse de la cama, y la

llevara al baño, se le notaba tanto a la piba que evitaba que Eva se mirara en los espejos, lo menos posible. ¡Si le iban a venir con cuentos a ella!, aunque no se mirara en los espejos, sabía, por ejemplo, tocándose la nariz… que bajaba y bajaba de peso… sí, su cara… ¡Era pura nariz!, ya hasta el propio Juan se lo había dicho... y, por eso ella, le había prometido que iba a comer… ¡JA!... ¡Comer!... ¡JA!... ¡Cómo si tuviera hambre!...

Ahora casi dormida, bueno, dormir era una forma de decir… era como vegetar… entre ese sopor, de temblores y transpiración fría… la mirada fija entre el techo, el cuerpo inerte, y sin responderle y la mente con la sensación del deber sin cumplir, del tanto por hacer… de sus grasitas desamparados esperándola, ¿Qué iba a ser de ellos?, la furia por los enemigos acechando… con la mente entre dormir y no dormir… soñar… o algo que parecían sueños raros…

¡Sí! Y ¡Sí!... ¡Era una fanática! ¡Una resentida en busca de justicia en nombre de los explotados!... ¿Y qué?... ¡Era una resentida y ahora con poder! Tanto poder, tan alto… que no tenía el poder de su propio cuerpo. No le respondía. La que había bramado frente a multitudes por justicia, amor, pero a la vez para no dejarse arrebatar derechos, la que había desairado a la oligarquía, había bramado justicia contra el más rancio capitalismo foráneo y nacional, se sumía frente a lo más minúsculo, una célula. Un cáncer. Una mujer, chiquita, frente a tanto dolor. A lo mejor, ésa, es la clase de humildad a la que se refería el Padre Hernán.

Cuando volvía a la realidad, transpirada… con ese estado de dolor latente, pero callado a golpes, para no sentir el dolor mayor, pero siempre le quedaba esa resaca de dolor, pero bueno… a no quejarse… porque a fin de cuentas esa resaca de dolor era más tolerable que ese dolor extremo, lanzado como a latigazos que iban aumentando en intensidad, dentro de sus entrañas… y que las agujas de inyecciones, que le daban náuseas, mezclado de sueños, pesadillas transpiradas y recuerdos, le enmascaraban.

Mientras tanto y afuera de su dormitorio… afuera de la residencia… hacía frío… y desde un auto negro, quizás un Dodge Sedán modelo ’49, unos “artistas”… estacionaron cerca… venían con la misión clara, estudiada, digitada… de ejecutar una obra de arte, rápida, clara, que no dejara lugar a dudas del objetivo… su propia obra de arte… ya que bajaron dos hombres, como comando improvisado de pintores de brocha gorda, sí, eran dos, o mejor dicho, tres, si se tenía en cuenta al que manejaba el auto.

Adentro de la residencia… el dolor, en grande… se venía… se veía venir… sí… ya Eva, sabía lo que se venía… lo sabía intuir bien… se venía el dolor grande… graduado en una especie de serie de latigazos, punzantes… que ardían, que quemaban… que dolían en toda la carne… ¡Sus descamisados! ¿Qué iba a ser de ellos?... Eva sudada en frío, sobresaltada… saltó… se retorcía… entre un temblor… como si le estuviesen dando un latigazo… o una descarga de 220 voltios… latigazo, desde las tripas… ella, apenas un quejido… pero el dolor, sí que volvía… se retorcía… sí… el dolor… una descarga eléctrica nerviosa… latigazo… se retorcía… el dolor…  desaparecía… y volvía, rápido… y en mayor intensidad… sin dejarle poder de recuperación… ¡Ésto quiere la oligarquía!... Eva, se ahogaba… temblaba, sudaba en frío… se retorcía… la trenza rubia, con cada temblor, se le sacudía… el dolor… entre temblores y descarga nerviosa… cada dolor era un latigazo… un latigazo que iba y volvía… 

Afuera, entre latigazos de pintura negra… los pintores claro, pintaban… la primera letra de su mensaje en la pared de la residencia presidencial… era una “V”… una “V” corta, en un latigazo firme y contundente… adentro Eva temblaba, se retorcía de dolor, descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… se ahogaba… dolor… latigazo que iba y volvía…  cada dolor era un latigazo… latigazo que iba y volvía…  latigazo que al volver tenía mayor intensidad… mientras, afuera latigazos de pintura negra… a la “V”… le agregaron una “I”… “VI”… con unos brochazos hecho como a latigazos…

Adentro, Eva temblaba, se retorcía de dolor, descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… latigazo que iba y volvía…  se ahogaba… dolor… cada dolor era un latigazo… latigazo que iba y volvía…  latigazo que al volver tenía mayor intensidad… latigazo… los humildes, tenían que saber que tarde o temprano, la lucha contra la oligarquía, la tenían que vencer los humildes, cueste lo que cueste y cayera quién cayera… dolores como latigazos… latigazos… afuera a puros latigazos de pintura negra… seguían su obra… sí… afuera el comando de mano de obra no tan barata… Al “VI”… ya habían llegado a escribirle otras letras… sí… le habían sumado otra “V”… si, “v” corta… y una “A”… “VIVA”… y seguían con su obra a brochazos negros… a latigazos de pintura…

Por supuesto… adentro, Eva temblaba, se retorcía de dolor, descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… se ahogaba… dolor… latigazo que iba y volvía… latigazo que al volver tenía mayor intensidad… 

Eva, se retorcía de dolor, descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… se ahogaba… dolor… latigazo que iba y volvía… latigazo que al volver tenía mayor intensidad…  latigazo a la bastarda… a la puta, a la actriz, a la dama, a Evita… a la par que afuera ya llevaban escrito “VIVA” y le agregaron una letra “E”… y le agregaron con rabia… sí, sí… más rabia… una letra “L”… que con la rabia salió una chorreada de pintura más negra todavía… y seguían con los latigazos de pintura… latigazos… “VIVA EL”… ¿A quién vivaban?... adentro Eva seguía temblando, se retorcía de dolor, descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… se ahogaba… dolor… cada dolor era un latigazo… latigazo que iba y volvía… latigazo que al volver tenía mayor intensidad… ya la enfermera había venido con la inyección. Eva temblaba, se retorcía de dolor, se ahogaba… descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… dolor… latigazo que iba y volvía…  latigazo que al volver tenía mayor intensidad… su vida valía poco, si el pueblo era feliz…

Hasta hacía unos días atrás le hubiese dicho a la enfermera, que “no necesitaba esas pichicatas”, pero… hoy ya no… temblaba, se retorcía de dolor, descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… dolor… temblaba, se ahogaba… se retorcía de dolor, descarga eléctrica… latigazo… sudaba en frío… dolor… latigazo que iba y volvía…  cada dolor era un latigazo mayor… la enfermera hacía lo suyo y la inyectaba…

Eva ya no se retorcía… pero la sensación del latigazo desde sus entrañas ardientes… todavía seguía… ¿Cómo algo tan chiquito desde su entrañas podía doler tanto?... ¿Cómo?... ¿Porqué?... “¿Por qué a mí?” le había planteado desafiante al Padre Hernán, cosa que él le contestó: ¿Y porqué a usted, no, señora?”... el dolor, estaba dando latigazos ya casi apagados… pero  que seguían siendo latigazos ardientes desde las entrañas… se tardaban en ir… sí… se tardaban en ir… cada dolor era un latigazo cada vez más calmo… la inyección hacía algo de efecto… latigazo que iba y volvía…  más leve… pero latigazo al fin…

Afuera… latigazo del pincel… VIVA EL… y las letras… “C”… “A”… “N”… “CAN”… ¿Viva el can…?... con los últimos latigazos de pintura chorreada… las letras “C”… “E”… “R”… y… ¡Qué joder!... los muchachos se estaban esmerando… sí… que la palabra “CÁNCER” se remarcara a rabia pura… sí… que no dejara dudas de la calidad del trabajo… que los latigazos de la pintura que dejaba el “VIVA EL CÁNCER”, todavía húmeda… fuera inmortal… que se terminara de morir de una puta buena vez la muy puta, que estaba ahí adentro… los latigazos de brocha gorda negra en la pared de la residencia… con la leyenda: “VIVA EL CANCER”, se habían terminado… ya el comando, no tenía nada que hacer ahí… corrieron… corrieron… subieron al auto negro… para ellos, misión cumplida, se escaparon, huyeron…

Adentro… la trenza de Eva, todavía temblaba… el dolor ya empezaba a enmascarase, sí a disfrazarse… a volver  ese estado de resaca, no, no, no… no se iba del todo el dolor… pero al menos pasaba a ser tolerable… a estas alturas, la enfermera le secaba el sudor frío de la frente, mientras Eva le exigía ternura, la que su pueblo más que nunca necesitaba… tomándola de la mano.

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