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Manuela Pedraza, una piedra en el zapato de la normalidad
Manuela Pedraza

Cuando era chica nunca me gustaron los juegos de mujeres. Es más, los detestaba: jugar a acunar al bebé, hacer que planchabas la ropa o armar un té de mentira con otras nenas. En cambio, me fascinaban los juegos de varones: el chupi con figuritas era mi fuerte, las bolitas siempre terminaban siendo mías y los autos me llamaban mucho la atención, tanto, que tuve varios en casa, en vez de muñecas.

Ya más crecidita, jugaba a las escondidas, pero también al fútbol con los pibes del barrio. Algún que otro se animó a decirme machona o varonil, como si eso estuviera mal y nunca faltaba la vecina que casi cantando te decía: "Las nenas con las nenas, los nenes con los nenes". Jamás me importo ese bulling, me llevaba mejor con los hombres que con las mujeres, incluso hoy elijo trabajar muchas veces con hombres, porque mi manera de ser necesita interactuar con el otro sexo, porque se logra una simbiosis diferente a la hora de crear.

Siempre me identifiqué con los héroes masculinos, Nunca She-Ra sino Heman, nunca Gatúbela, sino Batman, nunca Leia sino Luke, porque quería saber manejar una espada como El Zorro o galopar rápido como el Llanero Solitario.

Machona, como si eso fuera un insulto. Era un halago. Lo sigue siendo en tiempos donde más allá de mi lucha de género, igual me sigue atrayendo por miles de cosas conversar, chusmear, interactuar con varones. ¿Y acaso está mal esa preferencia? ¿Acaso es una contradicción? No.

El otro día escuché a una Surikata quejarse de que su hija era muy brava y que no podía controlarla.

-Yo quiero que sea una nena, pero ella no quiere, y trepa los árboles de la casa de mi mamá. Se cortó el pelo a lo varón. Odia los vestidos. ¡Esa chica no es normal!

La escucho y pienso en ¿qué es la normalidad para estas Surikatas? ¿Que la nena "sepa coser, sepa bordar y también abrir la puerta para ir a jugar a casarse y tener pibes?

Reviso la historia y creo que hacia atrás nos enseñaron todo mal. Nos convencieron de que había que ser de un modo correcto porque el otro era equivocado. Y nos escondieron la verdad, nos escondieron a las mujeres que dijeron ¡no! a esa normalidad y vivieron la vida a su modo, ni femeninas ni varoniles, sino mujeres simplemente pero con mayúscula de ¡YO PUEDO COMO VOS LUCHAR!.

Y entonces pienso en varias de ellas pero puntualmente en una, una Mujeresa, la Tucumanesa, Manuela Pedraza Hurtado, quien mucho tiempo atrás dejó una partecita suya en nuestra historia por su heroísmo y valentía, pero algunos hombres (no me caben dudas de que fueron hombres) se resistieron a dejar su marca visible y la ocultaron durante centurias, hasta que un día alguien la rescató de ese pozo profundo de oscuridad.

Dicen que nació en Tucumán alrededor de 1780, no hay una fecha precisa de su nacimiento pero sí aproximada y que había decidido integrar el cuerpo de “Blandengues” donde se hallaba enrolado su marido, conocido por capturar ciertos botines de aquellos que cometían hurtos durante la campaña. Dicen también que su rol era la de contrabandista, como muchas otras mujeres que participaban de tareas “masculinas” escoltando a sus hombres en sus operaciones, manejando sus negocios, cabalgando, usando armas como dagas, fusiles y sevillanas. Y también dicen que era indomable, de un carácter fuerte, aunque esto me lo estoy imaginando yo después de haber leído su historia.

Quizás por eso aparece en el fortín de Plaza Mayor (lo que hoy es la Plaza de Mayo) por aquellos días de la primera invasión inglesa en agosto de 1806, combatiendo en el frente del General Santiago Liniers, quien junto a sus tropas tenía rodeada La Fortaleza (actual Casa de Gobierno), último bastión donde se habían atrincherado los invasores británicos. Cuenta la leyenda, que se desplazó entre las metrallas. más rápida que cualquier soldado y avanzó hacia los ingleses desde el batallón de Patricios. Al segundo día, su marido cayó mortalmente herido por un disparo de un soldado y Manuela, lejos de quedarse llorando, tomó el fusil de su esposo, corrió al soldado y con esa misma arma lo mató sin vacilar. Luego, sin que la tragedia se apodere de su alma, persiguió al pelotón enemigo y mató a otro soldado inglés de un bayotenazo, a quien luego le arrancó un fusil.

Hay una imagen de la escena posterior a la reconquista, que se cuenta como anécdota, y es la de Santiago Liniers atravesando la Plaza Mayor, tomando posesión del Fuerte, con su uniforme hecho jirones y agujereado por los balazos, que queda prendado de esa brava mujer que lo esperaba con el fusil del soldado que había asesinado a su marido, llorando arrodillada, con el sabor amargo de la pérdida, pero un dulzor extraño por la alegría del triunfo.

Liniers al conocer su proeza, le dio el grado de Alferez con un goce de sueldo y en su parte es muy claro cuando deja por escrito “No debe omitirse el nombre de la mujer de un cabo de Asamblea, llamada Manuela La Tucumanesa, que combatiendo al lado de su marido con sublime entereza mató un inglés del que me presentó el fusil”.

Se sabe que Manuela recibe una gratificación de $50 pesos por única vez y que luego iba a percibir $10 pesos mensuales como “soldado del cuerpo de artillería de la Unión” hasta que durara el enfrentamiento con Inglaterra. Y asimismo, Liniers como premio a su valor durante esos años la favorece con el grado y sueldo de Subteniente en 1807, algo insólito para la época y menos para una mujer criolla, pero aparentemente no hay constancia de que tal ascenso ocurriera en la documentación que ha quedado de esa época.

Hay otras versiones sobre Manuela, pero todas la sitúan en las dos invasiones británicas, y en la segunda invasión tirando agua hirviendo (aceite no señores, aceite no) desde azoteas, además de combatiendo con otras mujeres que se han destacado en nuestra historia y rápidamente se han olvidado.

¿A qué no adivinas como terminó esta mujer que luchó al lado de su marido muerto, puso el cuerpo y arriesgó su vida durante las invasiones inglesas en 1806 y 1807? En la miseria, como muchas otras más, sin reconocimiento alguno, sin sueldo y corrida de la pieza donde vivía, quedando en la calle, pobre, trastornada y olvidada. Me la imagino vagando por las mismas calles que ayudó a defender, hablando sola, intentando comprender cómo alguien que había podido brillar tanto hoy estaba sumida en la oscuridad, sin nada, solo con sus recuerdo que seguramente la atormentaron hasta morir.

Se ignora la fecha de su muerte, pero creo que no hace falta saber cuándo, porque el hecho de recordarla es revivirla, es devolverla al tablero de donde la quitaron impunemente, porque la historia no podía ser escrita con estos ejemplos, así las mujeres podían ser adoctrinadas en los “quehaceres domésticos” y no pensar en combatir y luchar por nuestra libertad y la libertad de todxs.

Si me hubieran contado esto de pequeña, quizás no me habría sentido tan “anti todo” y siempre contra la corriente. Si me hubieran dicho que no fui la única que se resistió a ser lo que la sociedad dictaba, quizás me hubiera animado mucho antes a soltarme íntegramente, mostrar mi ser, el verdadero, el yo que siempre estuvo tapado debajo de un sistema de imposiciones y “deberes”.

No importa, hoy te lo cuento yo a vos para que se lo cuentes a tus hijxs, para que sepan desde pequeñxs que hubo héroes y heroínas, que los hombres y las mujeres sólos no podían, por eso peleaban en unidad, porque en ese tiempo era común que la lucha se diera codo a codo, sin diferencias de sexo, sin importar la fuerza, sólo el coraje y el valor primaban por sobre lo demás.

Una sociedad sin miedo y con valentía escribe su destino de otro modo. Quizás nos querían sumisos, nos querían derrotados, nos querían abatidos y sin ejemplos concretos. Quizás eso sea el lastre que arrastramos hasta hoy, pero aún estamos a tiempo de cambiar ese estigma de la historia y de nuestro “ser argentino”. Porque Manuela no combatió para que vos la olvides; Manuela lo hizo para que vos sepas como lo sé yo hoy que si ella pudo, vos también podés.

Entonces ahora que comprendés que podés tener un fusil siempre listo para disparar, dispará si hace falta, dispará si es necesario con las palabras, dispará sin vacilar como Manuela, porque si no, te pasarán por encima y será tarde para vos, para mí, para todxs.

¡La independencia está cerca, la vamos a encontrar de una vez y para siempre!


 

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