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Muletos
Muletas

En determinados momentos, hacer las mismas cosas de siempre, puede ser agotador.

No hablo de cosas complicadas como pilotear un avión. No.
Hablo de cosas sencillas, como preparar el desayuno.

Así, que mientras preparo algo tan simple como eso, pensaba en algunas cosas.

Por un accidente, me encuentro usando muletas. Un invento fabuloso y milenario, que aún hoy sigue dando resultados. Claro que no es lo mismo clavar un palo en la tierra yerma, que esta modernidad de aluminio cuyo único sostén es un regatón de plástico, que no tiene mucho agarre sobre la cerámica.
Así que lo que aprendí en estos días, es que no hay que cancherear.

Si vas lento, con precaución de apoyar correctamente ambas muletas en el piso, repartir el peso y lentamente avanzar, te hace llegar a destino, a salvo...

Si canchereás, apuras el movimiento y la inercia, te obliga a apoyar rápido la muleta, con lo que puede pasar, que apoyes incorrectamente el regatón en el piso, y ese pequeño ángulo no calculado, hará que pierdas el equilibrio.

Andar con una muleta, te deja una mano libre para poder hacer las cosas, pero obliga a ser mucho más cuidadoso a la vez que te desbalancea más fácilmente y podes lastimarte.

Mi experiencia modesta, es que no hay que cancherear.

Hay que escuchar a los que están al lado, pero siendo conscientes de la situación y las propias limitaciones.

Alguien siempre dirá: "Tenés que ir a la esquina a pagarle al panadero, y llevá más plata porque aumentó la harina, y lleva una bolsa más grande, así traes un poco más... Y ya que estás tráete unas prepizzas y unas facturas, no seas amarga..."

Y uno, consciente de los riesgos que conlleva salir a la calle y sortear a los vecinos, a los pozos, los cordones, los autos, las baldosas flojas, cruzar la calle, esquivar los perritos y gatitos de la cuadra, tiene que evaluar y poder decir "NO. No es el momento".

Por más obsecuentes, amigables, chupamedias y voluntariosos que sean los que te incitan a hacer cosas peligrosas, uno debe saber leer la realidad para no hacerse ni hacer daño.

Y entender que muchas veces, ese escobillón que es tan útil, en este momento, en medio de la cocina, está estorbando. Hay que correrlo.

Bienvenidos los que piensan antes de hablar, porque esos ahorran malestares.

Los que señalan los peligros poniendo el lomo y la cara, porque la claridad de su mirada ayuda a tomar las decisiones correctas.

Los que escuchan, porque pueden evaluar sus pasos.

Los que allanan el camino de los desvalidos, sabiendo que nadie se salva solo.

Los que comparten el pan y por eso son llamados compañeros.

Dios, mis heridas sanarán con el tiempo. Mientras tanto, aléjame a los cancheros, cuídame de los lambiscones que me paralizan, de los obsecuentes que me ponen en peligro y de los caranchos que están esperando la caída para hacerse un festín.

De lo demás, más rápido o más lento, me encargo yo.

 

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