PERSONO
Gabriel

(Vamos aquí con un anticipo. Ya hemos abordado la cuestión y volveremos a hacerlo. Carece de sentido suponer que amerita una lectura superficial. Está destinado a quienes gustan prepararse unos mates, y leer. Es breve, pero necesita su tiempo).

En los días recientes el diario Página 12 ha insistido en la defensa teórica de una deformación lingüística que, curiosamente, no emplea a la hora de narrar la actualidad. Algo semejante se observa en el portal Infonews, entre otros; nobleza obliga, es preciso indicar que este último a veces incluye la nueva ecuación en sus titulares. En similar dirección, observamos que algunas organizaciones políticas han incorporado esa confusión a sus comunicaciones públicas habituales, y que muchas universidades resolvieron instituirlo como modalidad obligatoria para la transmisión de conocimientos.

En algunas áreas del mismo Estado se ha impuesto el error de reemplazar palabras con el presunto objetivo de incluir. Como la situación actual es distinta a la registrada hace unos dos años, pero la tendencia subrayada se ha ratificado en cápsulas culturales que se van alejando del habla cotidiana popular, tan viva y certera a un tiempo, retomamos la polémica a fondo.

Lo indicamos en cruces anteriores: se ha supuesto que quienes nos hemos pronunciado contra el llamado lenguaje inclusivo tenemos una visión fija y aristocratizante del idioma, no admitimos modificaciones en él, o directamente estamos en contra de los derechos de la mujer. Nada de eso es cierto.

Siempre hemos estado dispuestos a admitir reformulaciones asentadas en el uso cotidiano, sea cual fuere la edad del hablista, hemos aceptado las expresiones lunfardas hasta en las búsquedas más recientes, y consideramos que las mujeres deben contar con los mismos derechos que los varones. ¿Es necesario tener que aclarar que estamos en contra de agresiones de cualquier tipo? Todo eso se evidenció en concreto cada vez que nos tocó absorber responsabilidades en distintos medios de comunicación. Y, claro está, en la vida cotidiana.

El problema es otro. Tratemos de explicarlo. Epiceno es un sustantivo que designa por igual a individuos de ambos sexos. Un epiceno puede ser únicamente masculino o femenino, a diferencia de los sustantivos comunes que admiten ambos géneros. Ejemplos de sustantivos epicenos son: gorila, águila, rata, cría, persona, víctima, personaje, pibe. Mientras que los epicenos no admiten cambio de sexo (la persona, y no el persona), un nombre común en cuanto al género admite ambas: el estudiante, la estudiante.

Cuando en una ocasión respondimos que no somos un persono por el hecho de ser varones, fundamentamos que esta condición no autorizaba a cambiar una palabra que ya estaba muy bien así.

En varias ocasiones escuchamos –módicamente escandalizados- a colegas que saludaron al aire a “los oyentes y las oyentas”, como si la primera palabra no abarcara a todo el universo existente detrás del aparato receptor radial.

La elaboración general del lenguaje pertenece a los pueblos y en los pueblos el lugar de la mujer es lo bastante importante, sobre todo en materia expresiva, como para desconocer a la misma como partícipe de su realización y desarrollo. Considerarla ajena, o peor, víctima del habla general, implica su devaluación como hablista, escritora, poeta. Creer que el magnífico idioma castellano, enriquecido al extremo por su versión rioplatense, puede ser reducido a la caracterización de “machista” es ignorar el laboratorio que configura nuestra gente (con e final y lejano origen indígena), a la hora de comunicarse del modo más pleno y, por qué no, elegante posible. Una expresión lunfarda que calza justo en la necesidad comunicativa, pasa a formar parte del habla común; la realza, la potencia.

Pero como si esto fuera poco, es preciso añadir que la realidad misma da cuenta de los resultados; ellos ofrecen la paleta con la cual las personas transmitirán verbalmente sus sensaciones y sus ideas. Efectivamente: el habla incluye la coloración del decir y también su musicalidad. Si una variación en el lenguaje logra el vigor pertinente para decir lo que hay que decir en una circunstancia determinada, perdurará. Si es forzada, y si damnifica la fluidez del encuentro entre emisor y receptor, se desvanecerá como tantos inventos por su rasgo artificial. De allí que la acusación por una eventual inclinación al aristocratismo y la persistencia de valores añejos, carezca de sentido.

Aunque en principio toda persona tiene derecho a sostener los valores que desea, cabe agregar que en nuestro caso el empleo de malas palabras contundentes y directas, de formas callejeras sintéticas y reveladoras, nos facilita salir indemnes de semejantes inferencias sin sustrato. En la redacción, pero también en la charla callejera. Después de cuatro décadas no hay un texto de quien esto escribe que surja sin la vitalidad del habla popular aun cuando los temas abordados resulten complejos. Es un comentario sincero. Como también lo es afirmar que ninguno podrá utilizarse nunca para menoscabar o silenciar a una mujer, por serlo. Mucho menos, para ocultar la presencia de la misma en la realización de conceptos y palabras.

El uso del lenguaje contiene el intento de comunicarse con los demás. Cuando el hablista necesita hacer esfuerzos para adecuar su decir a lo correcto en lugar de enfocarse sobre lo eficaz, está utilizando un registro inadecuado. Cuando el receptor necesita decodificar varias veces el mensaje por motivos semejantes, también. Es preciso no confundir el lenguaje utilizado con la complejidad de los conceptos vertidos, que en ocasiones y según la formación cultural compartida o divergente, exige una preocupación singular para aprehender las ideas desplegadas.

Es en verdad extraño que esta deformación injustificada del lenguaje haya logrado anclaje entre segmentos culturales que cuentan con la extraordinaria herramienta del castellano para vincularse, intercambiar, pensar y polemizar. Si nos adentramos en el idioma inglés, por caso, es posible admitir que su matriz no quedaría muy dañada por esta inyección arbitraria, debido a su  relativa neutralidad. Ese factor, dicho sea de paso, explica –además de las políticas expansivas a nivel mundial- su difusión: se lo puede hablar mal, pero se entiende igual. Ni fu, ni fa, digamos, para emplear una contundente creación desde el empedrado destinada a definir un rasgo insípido.

La forzada admiración de Jorge Luis Borges por ese idioma no es más que un vulgar gesto político que deteriora su gigantesca obra literaria, realizada en castellano.

Queda para otra ocasión el trasfondo de la deformación. Es probable que las interpretaciones equívocas del mundo anglosajón acerca de nuestro decurso culturalmente mestizo, así como la difusión lineal de la leyenda negra que envuelve la incidencia hispana en América, tengan bastante que ver con la misma. Al abordar determinados textos y ciertas exposiciones, es sencillo encontrar interpretaciones sesgadas, unilaterales, que desconocen el movimiento continuo de la historia, sus distintos períodos, y que consideran que asumir una posición popular implica situar, desde el ayer hasta la eternidad, a nuestra gente como víctima.

Lejos de eso, la capacidad creativa indetenible de los pueblos del subcontinente se ha evidenciado un verdadero problema para quienes necesitan aplanarla y neutralizarla. Una de las claves a objetar es el habla de estos pueblos. Para nada reaccionaria. Muy viva, vivaz, honda e inteligente.

Todavía intentamos, con éxito bien relativo, absorberla y usufructuarla. Participar modestamente en su desarrollo. Su grandeza ha sido labrada por centurias y en cada esquina encuentra una modificación adecuada, que le insufla nuevos bríos. Rechazar el habla de nuestro pueblo, es rechazarnos.

Pues implica negar la argamasa conceptual que la sostiene.

Si la promoción del error esbozada por varios medios de comunicación es grave, mucho más grave resulta la decisión de tornarlo obligatorio en instituciones estaduales y centros de estudio.

Por eso, estas líneas.

 

  • Director La Señal Medios

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