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El último romántico: balada al globalismo.
Alberto Fernández probando la guitarra que le regaló Macrón

"Definidme como queráis, pero no como romántico"

Carl Schmitt

La decisión de Donald Trump de cortar el financiamiento a la Organización Mundial de la Salud (OMS) uno de los tentáculos de las Naciones Unidas y con un rol preponderante ante la crisis del coronavirus, en representación de los intereses de organismos internacionales, ratifica el quiebre con la globalización la cual viene socavada desde la crisis financiera de 2008 y desde su asunción.

Desde su llegada, Trump se ha dedicado a desmantelar todo el régimen monetario internacional creado por el propio Estados Unidos tras los acuerdos de Bretton Woods, muestra de ello es el bloqueo a la Organización Mundial del Comercio (OMC) tras paralizar el Tribunal que se encarga de el arbitraje de las disputas comerciales internacionales, la inoperatividad de la Organización para la cooperación y el desarrollo económico (OCDE) ante la unilateralidad de Trump para la suba de aranceles y medidas económicas proteccionistas, como así la designación de la Húngara Kristalina Georgieva en el Fondo Monetario internacional (FMI) lugar reservado siempre a un representante de países con relevancia internacional.

La crisis del coronavirus no hizo más que profundizar ese proceso, ahora con medidas como el cierre de fronteras, intervención del Estado en la economía y regulación del comercio. Los Estados han recuperado margen de soberanía tomando decisiones en muchas ocasiones contrarias al establishment económico y los organismos internacionales.

El idealismo romántico de un mundo cosmopolita sin fronteras, de libre circulación de mercancías y personas, regido por el derecho internacional y la cooperación multilateral se vio pasmado por el virus. Si la principal característica de la globalización era la corriente de flujos migratorios, la libre circulación de información y el libre movimiento de capitales, entonces eso hoy no existe. Sólo queda miseria de la globalización.

Ante este escenario el gobierno de Alberto Fernández ha tomado partida por acompañar el mundo que se muere. El canciller Felipe Solá que participó en una videoconferencia junto a otra veintena de países que forman la "Alianza por el Multilateralismo" declaró

"Compartimos con alegría una idea central que es apoyar a los organismos multilaterales y en especial a la OMS", y agregó “Apoyamos a la OMS, que no debería estar cuestionada en este momento ya que no hay diálogo global sin multilateralismo”.

Esto subrayando que “hay que fortalecer instituciones internacionales como la ONU y la OMS ya que ese es un imperativo humanitario". Una clara muestra de apego al globalismo sustentado en esos organismos internacionales independientes de cualquier tipo de voluntad popular y alejados de los intereses nacionales.

A este explícito intento de sostener la globalización se le suma el comunicado emitido días atrás por el PJ firmado por José Luis Gioja donde se hacía un llamamiento en conjunto al Partido comunista chino a la cooperación internacional en la lucha contra el COVID-19, donde en los puntos 5 y 10 se propone:

  • "5. Exhortamos a los países a articular las políticas macroeconómicas, contribuir a mantener la estabilidad del mercado financiero internacional y las cadenas industrial y de suministro, reducir los aranceles y facilitar el comercio...
  • 10. Coincidimos en que la epidemia nos plantea la necesidad de -fortalecer la concepción de la gobernanza global- basada en consultas mutuas, cooperación y beneficios entre todos los miembros y de apoyar a la ONU y la OMS a jugar el papel central en la gobernanza global de la salud pública."

Esta posición pro globalización encuentra sintonía con las declaraciones de Alberto Fernández quien en una entrevista al diario Perfil se definió como "socialdemócrata" y hasta instó al peronismo a hacer una revisión de su posicionamiento ideológico. Cabe destacar que tanto la socialdemocracia como el neo-liberalismo no sólo adhieren a los fundamentos de la globalización sino que se han convertido en los brazos ideológicos del capitalismo financiero especulativo, por "izquierda" y por "derecha", desechando cualquier intento de protección de la industria, defensa de la cultura nacional y fortalecimiento de la soberanía.

Las declaraciones del canciller muestra un explícito posicionamiento a favor de China tanto en la guerra comercial que lleva el país asiático con los Estados Unidos, como en las relaciones internacionales y en favor de los organismos internacionales, representantes estos de la oligarquía financiera. El gobierno prefirió jugar sus fichas con el mayor representante del libre comercio, aclamado por el foro de Davos, en lugar de conservar como ha sido históricamente en Argentina y sin distinción partidaria una posición de neutralidad que le permita un margen para su posicionamiento estratégico y geopolítico a futuro una vez desarrollado el conflicto, en un mundo que brinda una oportunidad histórica para que Argentina proyecte poder nacional de forma independiente tanto del imperio de Occidente como el imperialismo de Oriente.

Nuevamente tal como lo ha hecho el macrismo el gobierno juega sus cartas a favor de una de las potencias en disputa por la hegemonía global. Anteriormente la subordinación absoluta a Estados Unidos, ahora la subordinación a China. Manteniendo ambos su favoritismo por el ala demócrata estadounidense que es quien expresa el ideario neoliberal en materia de relaciones internacionales, esto es mayor importancia a los organismos supranacionales, alianzas multilaterales y la cooperación internacional.

Alejado de una posición realista que ponga por encima el interés nacional, el Estado-nación y la soberanía como manifiesta el fundamento político del peronismo se da prioridad al romanticismo político, el neoliberalismo institucional y el globalismo financiero. El romanticismo político como la estética de la acción política, una transfiguración del mundo, la abstracción ideal por sobre la realidad concreta.

En un mundo, específicamente en las relaciones internacionales, donde las relaciones son de poder y prevalecen los intereses por sobre los ideales, tal como decía Schmitt es una imposibilidad "hacer conciliable lo romántico con cualquier criterio moral, jurídico o político”.

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