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Modelo argentino para el proyecto nacional - 3
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Los factores de cambio

No extraña, pues, que una evaluación de la escala de valores vigente hasta el momento, incluya el aprecio por el «tener» y la «seguridad».

Sin embargo, el «querer seguridad» no implica necesariamente resistencia al cambio; sólo se oponen a él determinados grupos tradicionales de poder de la sociedad argentina.

La actitud frente al esfuerzo no se ha perdido, y tal vez sea éste uno de los mejores capitales que importó el país con los inmigrantes que lo construyeron.

Pero debemos emprender una buena organización que atienda a la realidad altamente compleja del sistema social del país, que resuelva apropiadamente el conjunto de elementos que entran en él, y que ofrezca resultados simples y adecuados a la concepción del ciudadano.

Pese a todo, es posible evaluar que nuestra sociedad ha mantenido una alta capacidad de desarrollo interno. Configura una estructura moderna, en la cual la demanda de un cambio que reubique valores está adoptando ostensiblemente la forma de un mandato.

En consecuencia, es preciso determinar los factores de cambio con los cuales pueda actuar nuestra comunidad en bien de su propio desarrollo social. Al respecto, se pueden contemplar varias posibilidades:

- confiar en la evolución espontánea del propio cuerpo social;

- procurar formas cruentas de cambio, confiando, por ejemplo, en el valor purificador de la destrucción, la violencia y el caos;

- proponer una elaboración racional y sistemática que permita fijar las cualidades que se anhelan para la comunidad argentina y comprometer el trabajo necesario para llevarla a cabo.

El proceso parece enseñar que, librada la sociedad a una evolución espontánea, resulta inexorablemente víctima de pautas externas. Permite concluir, asimismo, que las formas cruentas conducen a un estéril y doloroso sacrificio de vidas humanas. Por lo tanto, no tenemos derecho a eludir el compromiso ético e histórico de crear un Modelo lúcido, que no sólo sirva a las generaciones adulta e intermedia sino que constituya un eje de orientación para la juventud argentina.

Naturalmente, la conformación del Modelo tendrá que tender hacia una síntesis entre lo que elaboremos racionalmente y lo que la propia comunidad quiera.

Insisto en que es fundamental determinar la forma de alcanzar el cambio deseado. Hace muchos años podía apelarse emotivamente a la patria o a la tradición; más tarde, se apeló al bienestar. Ya eso no basta.

Hay que levantar ahora, además y con gran vigor, el poder del espíritu y la idea, teniendo en cuenta que el bienestar material no debe aniquilar los básicos principios que hacen del hombre un ser libre, realizado en sociedad y valorizado en su plena dignidad.

Para ello, entre otras medidas, debe limitarse el consumismo sofisticado, estableciendo el camino apropiado para reconstruir al hombre argentino.

Debe ser valorizada, en toda su intensidad, la gran coincidencia expresada en la comunidad argentina en 1973: de un lado, están los que quieren el cambio, y del otro, los que no lo quieren. Los que quieren el cambio constituyen el 90% del país. En principio, a ellos está destinado este Modelo, cuyo propósito es el de responder fielmente a un mandato otorgado en las urnas. 26

En el ámbito cultural

Resulta imprescindible realizar un breve balance de la situación de la Argentina, hasta el momento actual, en el terreno cultural. La importancia que cobra este ámbito en la conformación de una comunidad madura y autóctona es enorme, al punto que me atrevo a decir que constituye una suerte de red que conecta los ámbitos económico, político y social.

En el terreno cultural incluyo tanto a la formación humanística (filosofía y ciencias del hombre) como a la actividad artística, pues lo científico-tecnológico será expuesto en un parágrafo aparte.

Un examen somero permite eslabonar varias reflexiones, que se concentran en una conclusión central: el proceso argentino de las últimas décadas evidencia un creciente desarrollo de la penetración cultural. La consolidación de una cultura nacional se ha enfrentado con el serio obstáculo de la reiterada importación de determinaciones culturales ajenas a la historia de nuestro pueblo, así como a la identidad que como comunidad organizada necesitamos definir.

Dos han sido los fundamentales agentes desencadenantes de tal penetración.

- En primer lugar, la desaprensiva — o interesada — utilización de los medios de comunicación masivos como eficaces factores de vasallaje cultural.

Ya me he referido a este problema. Sólo quisiera añadir algunas ideas. Me parece evidente que la indebida utilización de tales mecanismos de difusión cultural enferman espiritualmente al hombre, haciéndolo víctima de una patología compleja que va mucho más allá de la dolencia física o psíquica. Este uso vicioso de los medios de comunicación masivos implica instrumentar la imagen del placer para excitar el ansia de tener. Así, la técnica de difusión absorbe todos los sentidos del hombre a través de una mecánica de penetración y la consecuente mecánica repetitiva, que diluyen su capacidad crítica.

En la medida en que los valores se vierten hacia lo sensorial, el hombre deja de madurar y se cristaliza en lo que podemos llamar un “hombre-niño”, que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo conducen a la frustración, al inconformismo y a la agresividad insensata. Pierde progresivamente su autenticidad, porque oscurece o anula su capacidad creativa para convertirse en pasivo fetichista del consumo, en agente y destinatario de una subcultura de valores triviales y verdades aparentes.

- El segundo factor desencadenante del colonialismo cultural tiene su origen en la vocación elitista y extranjerizante de diferentes sectores de la cultura argentina. Pese a enarbolar distintos fundamentos ideológicos, tales sectores se han unido en la actitud expectante y reverente respecto de la «civilización» encarnada por pautas culturales siempre externas a nuestra patria y su incesante búsqueda de conformación del ser nacional.

En muchas ocasiones me he referido a la sinarquía como coincidencia básica de grandes potencias que se unen — a despecho de discrepancias ideológicas —en la explotación de los pueblos colonizados.

Estoy convencido [de] que, asimismo, existe una sinarquía cultural. Obsérvese que las grandes potencias exhiben sugestivas semejanzas culturales: el mismo materialismo en la visión del hombre, el mismo debilitamiento de la vida del espíritu, el mismo desencadenamiento de la mentalidad tecnocrática como excluyente patrón de cultura, la creciente opacidad del arte y la filosofía, la distorsión o aniquilación de los valores trascendentes.

Un examen superficial de los dos polos principales del poder mundial sólo alcanza a captar las diferencias ideológicas; ahondando en el análisis, surge— entre otras determinaciones igualmente importantes — la cultura como evidencia cierta de la unidad sinárquica.

Todo argentino que, a través de una actitud libresca y elitista, asimile las pautas culturales de ambas potencias, ya sea asumiendo una visión competitiva y tecnocrática del hombre [o] 27 una interpretación marxista de los valores y la cultura, trabaja deliberada o inconscientemente para que la sinarquía cercene irreparablemente nuestra vocación de autonomía espiritual y obstruya interminablemente la formación de una auténtica cultura nacional.

En el ámbito científico-tecnológico

El desarrollo de la ciencia y la tecnología argentina ha sido hasta ahora fecundo, pero insuficiente.

Fecundo, por el efectivo nivel de acumulación de conocimiento científico y tecnológico alcanzado, principalmente impulsado por cuatro factores:

1) el crecimiento de las universidades;

2) la incorporación de tecnología proveniente del exterior;

3) la investigación nacional aplicada particularmente al sector agropecuario, y

4) el avance de la investigación de postgrado.

Insuficiente, porque los elementos disponibles para el avance científico y tecnológico están escasamente aprovechados y porque no se han creado las condiciones básicas para que exista una consagración plena del hombre a la investigación científica y tecnológica.

Insuficiente, también, porque el país aún no ha organizado convenientemente vinculaciones estables y verdaderamente productivas entre el sistema científico-tecnológico, el gobierno, el sistema de producción física y el sistema financiero.

Ello ha contribuido a dispersar la investigación, a no permitir una demanda de ciencia y tecnología estable y creciente, y a incrementar el conocido drenaje de inteligencias.

La incorporación de tecnología atada al capital extranjero, particularmente para el sector industrial, creó compromisos tecnológicos onerosos en divisas.

No obstante ello, la acumulación de conocimientos tecnológicos ha sido efectiva y acelerada por la misma naturaleza de la producción industrial.

El costo de la tecnología que venimos empleando es muy alto, principalmente porque el ingreso del conocimiento tecnológico no ha sido programado ni administrado con sentido nacional, preservando los intereses del país.

Prueba de ello es el ingreso de tecnología extranjera en terrenos en los que se mantienen ociosos recursos nacionales capaces de producir la misma tecnología que se importa.

Es natural que empresas de capital extranjero estén ubicadas especialmente en actividades más densas en tecnología foránea.

Por otra parte, la selección de técnicas no ha sido siempre afortunada. En numerosas oportunidades se han importado técnicas obsoletas o poco adaptadas a las condiciones locales. Por añadidura, en muchos casos hubo restricciones tales como la prohibición de exportar artículos producidos con tecnología importada y el establecimiento de determinados controles, realmente inaceptables. Ahora se trata de aprovechar la experiencia pasada y corregir desvíos cuyos efectos resultan sumamente costosos.

Sin embargo, se ha hecho efectivo un fuerte aporte nacional a la tecnología autóctona, particularmente en los sectores agropecuario e industrial.

Estamos valorando muy alto nuestra capacidad para originar una tecnología propia; sólo debemos ponerla en movimiento, conectándola con la producción concreta, con las decisiones de gobierno y con los apoyos financieros.

La comunidad científica argentina es todavía reducida con relación al ingreso por habitante que el país posee. La mitad del personal de investigación trabaja en ello sólo parte de su tiempo útil. La mayoría de los institutos son pequeños y no llegan a una capacidad de investigación tal que permita un verdadero trabajo interdisciplinario.

Hay miles de proyectos en ejecución al mismo tiempo, lo cual, por un lado, hace que cada proyecto tarde demasiado en fructificar y, por el otro, dificulta la materialización de nuevos proyectos por falta de continuidad en los recursos.

Los institutos están prácticamente concentrados en el área metropolitana y pampeana. Además, la remuneración de los investigadores es tan limitada que sólo una vocación acendrada puede retener al talento en esta actividad.

Me parece claro que no existe, hasta el presente, una política científica y tecnológica centralmente diseñada y de fácil realización. Tampoco se posee una base institucional suficientemente coherente como para lograr la necesaria centralización de conducción y descentralización de operación.

Las mentalidades científicas y técnicas argentinas fueron emigrando sin que el país encontrara un mecanismo que preserve su conexión con los intereses nacionales. 41228

La cuestión no se resuelve dictando decretos que den mejoras económicas, porque el rescate del capital intelectual argentino exige un sentido que va mucho más allá de una remuneración elevada.

Hay varias contradicciones en el problema. No se ha generado una política concreta y unitaria de ciencia y tecnología, ni se han formulado programas operativos, con lo cual la cuestión es gobernada inorgánicamente. Tampoco se ha establecido un aparato gubernamental eficiente, ni se subsumieron los instrumentos de la política científico-tecnológica bajo una conducción unitaria, pues tales instrumentos se hallan dispersos entre varias jurisdicciones administrativas.

Así, mientras el país exporta tecnología en la capacidad intelectual de sus técnicos, importa tecnología en máquinas y procesos industriales. No obtiene fruto de lo primero, pero paga bien alto por lo segundo.

Debemos decidirnos a producir, exportar, sustituir importaciones y realizar otra serie de transacciones con nuestro conocimiento tecnológico, a fin de lograr los mejores resultados posibles.

Creo que este objetivo puede lograrse, en gran medida, a través de una conducción científico-tecnológica con planificación. Pero estoy persuadido [de] que la cuestión no puede resolverse plenamente en un terreno puramente nacional.

En efecto, gran parte de lo que debemos obtener es viable con nuestro propio esfuerzo; pero un considerable sector de los objetivos sólo será susceptible de alcanzarse sobre la base de un esfuerzo común, tanto con los países industriales como con otros países en desarrollo.

En materia de ciencia y tecnología no existen compartimentos estancos. El problema de la propiedad del conocimiento tiene tal relevancia en el nivel mundial, y ejerce una influencia tan decisiva sobre las posibilidades concretas de desarrollo de los países menos adelantados, que la reflexión sobre los últimos quinquenios señala la necesidad de repensar las estructuras institucionales que gobiernan este aspecto en el terreno internacional.

El mundo es cada vez más interdependiente en este ámbito, y nuestro potencial actual posee ya el nivel necesario para permitirnos una política nacional inteligente que concentre ese potencial, lo administre programadamente con unidad de criterio y actúe con todos los centros del mundo sobre bases de solidaridad y reciprocidad.

En última instancia, lo esencial es que hayamos recogido la idea de que lo científico-tecnológico está en el corazón del problema de la liberación y que sin base científico tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace también imposible.

En el ámbito ecológico

Ya el hombre ha tomado conciencia de su capacidad para alterar el medio en que vive, como así también del uso indebido del avance tecnológico respecto de dicho medio.

El tema no es nuevo. La concientización mundial, sí.

Factores tales como la polución, el sobrecultivo, la deforestación, la acumulación de desperdicios, entre otros, indican claramente el perjuicio que ocasionan a los seres vivos.

El ser humano, como simple eslabón del ciclo biológico, está condicionado por un determinismo geográfico y ecológico del cual no puede sustraerse.

Estamos, pues, en un campo nuevo de la realidad nacional e internacional, en el que debemos comprender la necesidad — como individuos y como nación —de superar estrechas miras egoístas y coordinar esfuerzos.

Hace casi 30 años, cuando aún no se había iniciado el proceso de descolonización contemporánea, anunciamos la «tercera posición» en defensa de la soberanía y autodeterminación de las pequeñas naciones frente a los bloques en que se dividieron los vencedores de la segunda guerra mundial. 29

Hoy, cuando aquellas pequeñas naciones han crecido en número y constituyen el gigantesco y multitudinario «tercer mundo», un riesgo mayor, que afecta a toda la humanidad y pone en peligro su misma supervivencia, nos obliga a plantear la cuestión en nuevos términos que van más allá de lo estrictamente político, que superan las divisiones partidarias e ideológicas, y entran en la esfera de las relaciones de la humanidad con la naturaleza.

Creo que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biósfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobreestimación de la tecnología, y de la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esa marcha, a través de una acción mancomunada internacional.

El ser humano no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas.

La humanidad está cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas condiciones; va más rápido que su captación de la realidad y no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los recursos vitales para él y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de su poder mental.

De todos modos, a diario, su vida se transforma en una interminable cadena de contradicciones.

En el último siglo ha saqueado continentes enteros y le han bastado un par de décadas para convertir a ríos y mares en basurales, y al aire de las grandes ciudades en un gas tóxico y espeso. Inventó el automóvil para facilitar su traslado, pero ahora ha erigido una civilización del automóvil que se asienta sobre un cúmulo de problemas de circulación, urbanización, seguridad y contaminación en las ciudades, y que agrava las consecuencias de su vida sedentaria.

Las mal llamadas «sociedades de consumo» son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto, porque el gasto produce lucro. Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos y, entre éstos, a los que deberían ser de consumo duradero, con toda intención, se les asigna corta vida, porque la renovación produce utilidades. Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de los artículos, pero no para reemplazar los bienes dañinos para la salud humana, y hasta se apela a nuevos procedimientos tóxicos para satisfacer la vanidad humana. Como ejemplo, bastan los automóviles actuales que debieran haber sido reemplazados por otros [con motor eléctrico] 30 , o el tóxico plomo que se agrega a las naftas simplemente para aumentar la velocidad inicial de los mismos. 31

No menos grave resulta el hecho de que los sistemas sociales de despilfarro de los países tecnológicamente más avanzados funcionan mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el «tercer mundo». De este modo, el problema de las relaciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble: algunas clases sociales —las de los países de baja tecnología en particular— sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades pero, al mismo tiempo, las clases sociales y los países que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros, tampoco están racionalmente alimentados ni gozan de una auténtica cultura o de una vida espiritual o físicamente sana. Se debaten en medio de la ansiedad, el tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado.

Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse. Mientras un fantasma — el hambre — recorre el mundo devorando 55 millones de vidas humanas cada 20 meses, afectando hasta [a] los países que ayer fueron graneros del mundo y amenazando expandirse de modo fulmíneo en las próximas décadas, en los centros de más alta tecnología se anuncia, entre otras maravillas, que pronto la ropa se cortará con rayos láser y que las amas de casa harán sus compras desde sus hogares por televisión y las pagarán mediante sistemas electrónicos. 32 La separación dentro de la humanidad se está agudizando de modo tan visible que parece que estuviera constituida por más de una especie.

El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras llega a la luna gracias a la cibernética, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electrónica y una serie de conocimientos teóricos fabulosos, mata al oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas. Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar que podía servirle de última base de sustentación.

En el curso del último siglo, 33 el ser humano ha exterminado cerca de doscientas especies [de] animales terrestres. Ahora, ha pasado a liquidar las especies marinas. Aparte de los efectos de la pesca excesiva, amplias zonas de océanos, especialmente costeras, ya han sido convertidas en cementerios de peces y crustáceos, tanto por los desperdicios arrojados como por el petróleo involuntariamente derramado. Sólo el petróleo liberado por los buques cisterna hundidos ha matado, en la última década, 34 cerca de 600.000 millones de peces. Sin embargo, seguimos arrojando al mar más desechos que nunca, perforamos miles de pozos petrolíferos en el mar o sus costas y ampliamos al infinito el tonelaje de los petroleros, sin tomar medidas de protección de la fauna y la flora marinas.

La creciente toxicidad del aire de las grandes ciudades es bien conocida, aunque muy poco se ha hecho para disminuirla. En cambio, todavía ni siquiera existe un conocimiento mundialmente difundido acerca del problema planteado por el despilfarro del agua dulce, tanto para el consumo humano como para la agricultura. La liquidación de aguas profundas ya ha convertido en desiertos extensas zonas otrora fértiles del globo, y los ríos han pasado a ser gigantescos desagües cloacales más que fuentes de agua potable o vías de comunicación. Al mismo tiempo, la erosión provocada por el cultivo irracional o por la supresión de la vegetación natural se ha convertido en un problema mundial, y se pretende reemplazar con productos químicos el ciclo biológico del suelo, uno de los más complejos de la existencia.

Para colmo, muchas fuentes naturales han sido contaminadas, las reservas de agua dulce están pésimamente repartidas por el planeta, y cuando nos quedaría como último recurso la desalinización del mar, nos enteramos [de] que una empresa de este tipo, de dimensión universal, exigiría una infraestructura que la humanidad no está en condiciones de financiar y armar en este momento.

Por otra parte, a pesar de la llamada revolución verde, el «tercer mundo» todavía no ha alcanzado a producir la cantidad de alimentos que consume; y, para llegar a su autoabastecimiento, necesita un desarrollo industrial, reformas estructurales y la vigencia de una justicia social que todavía está lejos de alcanzar. Para colmo, el desarrollo de la producción de alimentos sustitutivos está [frenado] 41935 por la insuficiencia financiera y las dificultades técnicas.

Por supuesto, todos estos desatinos culminan con una tan desenfrenada como irracional carrera armamentista que le cuesta a la humanidad 200.000 millones de dólares anuales.

A este complejo de problemas, creados artificialmente, se suma el crecimiento explosivo de la humanidad. El número de seres humanos que puebla el planeta se ha duplicado en el último siglo y volverá a duplicarse para fines del actual o comienzos del próximo 36 , de continuar el mismo ritmo de crecimiento. De seguir por este camino, en el año 2500 cada ser humano dispondrá de un solo metro cuadrado sobre el planeta. Esta visión global está lejana en el tiempo, pero no difiere mucho de la que ya corresponde a las grandes urbes, y no debe olvidarse que, dentro de veinte años 37 , más de la mitad de la humanidad vivirá en ciudades grandes y medianas.

Es indudable, pues, que la humanidad necesita una política demográfica.

Debe tenerse en cuenta que una política demográfica no produce los efectos deseados si no va acompañada de una política económica y social correspondiente. De todos modos, mantener el actual ritmo de crecimiento de la población humana no es tan suicida como mantener el despilfarro de los recursos naturales en los centros altamente industrializados donde rige la economía de mercado, o en aquellos países que han copiado sus modelos de desarrollo. Lo que no debe aceptarse es que la política demográfica esté basada en la acción de píldoras que ponen en peligro la salud de quienes las toman o de sus descendientes. Si se observan en su conjunto los problemas que se nos plantean y que hemos enumerado, comprobaremos que provienen tanto de la codicia y la imprevisión humanas como de las características de algunos sistemas sociales, del abuso de la tecnología, del desconocimiento de las relaciones biológicas y de la progresión natural del crecimiento de la población humana. Esta heterogeneidad de causas debe dar lugar a una heterogeneidad de las respuestas aunque, en última instancia, tengan como denominador común la utilización de la inteligencia humana. A la irracionalidad del suicidio colectivo, debemos responder con la racionalidad del deseo de supervivencia.

Estos conceptos, que tienen su origen en reflexiones en torno al problema mundial de la ecología, son válidos también para nuestro país. Sin embargo, afortunadamente, tenemos una enorme ventaja. Nuestro extenso territorio, con enormes reservas naturales aún no explotadas, nos permite albergar la esperanza de salvarnos de muchos de los peligros mencionados a poco que evitemos cometer los mismos errores en que incurrieron las grandes naciones.

De hecho, la solución no surgirá solamente de lo que realicemos en el orden interno, sino que tendrá mucho que ver con lo que hagan los demás países en la materia. Es por esto que deberemos insistir denodadamente ante el mundo para que se ponga freno a esta carrera que nos llevará inexorablemente a nuestra autodestrucción.

En el ámbito institucional

Las instituciones que aquí analizo son las jurídicas, es decir, las creadas por el Derecho.

El método de creación de las instituciones jurídicas debe comenzar por establecer sus funciones. Para esto es necesario definir, en cada caso, cómo se cumplirán dichas funciones y cuáles serán las responsabilidades concretas a fijar.

De esta forma, es posible caracterizar el marco jurídico en el cual tienen que funcionar.

Pero este marco jurídico debe incluir no sólo la creación y función de los entes respectivos, sino también las relaciones entre los distintos entes y la naturaleza, característica y forma de uso de los medios a utilizar.

Lamentablemente, no siempre se ha trabajado con tal forma de programación institucional. En su lugar, hemos encontrado numerosos ejemplos en sentido contrario. Es decir, que se dictó la ley primero, se crearon luego los entes, se les asignaron funciones y, después, en la práctica, se verificó si las funciones asignadas estaban totalmente ajustadas a lo que se quería. Este defecto metodológico tiene menor importancia en el Estado liberal, que confía principalmente en la acción privada.

Por eso, la forma juridicista de crear instituciones empezando por la ley, no es tan peligrosa para los designios de los conductores de ese Estado.

En cambio, para nuestro país, el problema es diferente. Necesitamos más gobierno y más eficiencia en el mismo, puesto que lo concebimos como un verdadero proveedor de servicios a la comunidad. Para ello tiene que programar funcionando, como un sistema de vasos comunicantes. En él debe eliminarse el despilfarro de recursos, porque cada recurso desperdiciado representa un servicio menos que se presta al ciudadano y al país.

Por lo tanto, no podemos copiar el método juridicista que ha sido útil para el Estado liberal.

El Estado liberal, mientras no tuvo necesidad de elevar al máximo nivel la eficiencia del gobierno, pudo permitirse actuar con muchas instituciones formalmente establecidas y una burocracia adecuada a sus estatutos jurídicos, pero sus servicios al país no guardaron relación con las verdaderas necesidades sociales.

También se ha visto una interesante evolución en el problema institucional.

En la época liberal, la intervención estatal ha sido naturalmente escasa, porque ello respondía a su propia filosofía. Cuando el Justicialismo comenzó a servir al país, nuestra concepción exigió un incremento de la intervención estatal. Junto a esto, pusimos el peso que otorgaba la ley a la autoridad del Poder Ejecutivo. Este procedimiento fue criticado como «autoritarista».

Fue necesario adoptar dicha actitud, porque teníamos que forzarnos en la obtención de un justo medio que nos alejara de extremos indeseables.

Luego, cuando se produjo la reacción liberal, el nivel de intervención estatal era elevado, precisamente por la naturaleza misma de los problemas que el Estado argentino tenía que enfrentar.

Como el gobierno liberal que nos sucedió 42238 no supo ver las razones de ese crecimiento, se encargó de destruir a la administración pública y realizó su labor golpeando muy especialmente sobre el servidor público.

Ahora tenemos que reconstruir una administración pública adaptada a nuestras necesidades. Para ello, debemos hacer un serio esfuerzo para jerarquizar al funcionario público, restituyéndole la dignidad que el país le había reconocido.

Por supuesto, no necesitamos saturarnos de funcionarios. Debemos tener sólo los que hagan falta, pero con el máximo nivel de capacidad y responsabilidad que corresponda a cada cargo.

Mi experiencia anterior me ha enseñado que la conducción gubernamental necesita de una administración pública vigorosa y creativa. De lo contrario, la labor de conducción no llega al ciudadano, por bien inspirada que esté.

Por otra parte, constituir las instituciones primero y conferirles funciones después ha dado lugar al nacimiento de burocracias que, sin objetivos claros, concluyen siendo un fin en sí mismas y sirviendo sólo a su autopreservación.

Tales burocracias sirven exclusivamente para proponer lo que es viable para el gobierno de turno. Debemos procurar precisamente lo contrario: ajustar las estructuras de poder a lo que el país necesita.

Si no procedemos con esa mentalidad será imposible introducir cambios de fondo, porque la eficiencia de la administración pública resulta limitada por las propias restricciones institucionales, y porque esas burocracias han aprendido que duran más los que menos deciden.

3. La exigencia de un Modelo

Cuando caractericé al Modelo Argentino y expuse sus objetivos principales, quedó claro que constituye una exigencia prospectiva que debe contribuir a consolidar la patria por la que todos bregamos.

Ahora es evidente, además, que la experiencia mundial y el propio proceso histórico argentino conducen rectamente a la misma necesidad. Volvemos entonces al comienzo de este trabajo, añadiendo al concepto de Modelo y a sus objetivos, la clara conciencia de su inexorabilidad histórica.

A ello, debemos agregar que, para elaborar con precisión un Modelo Argentino, es conveniente una evaluación orgánica de la situación presente, lo que resulta imposible sin una perspectiva histórica: la historia no es una acumulación de etapas inconexas, sino un proceso generativo, dinámico y constante. De ahí que, en modo alguno, puede proponerse un Modelo estático y cerrado para una Argentina en constante transformación. Nuestro Modelo Argentino debe presentar el dinamismo de todo lo que se vincula con el devenir de un pueblo. Por esa razón, los argentinos debemos juzgar al Modelo como una propuesta abierta a sucesivas correcciones, para estar en armonía con la fascinante vitalidad de la historia.

En síntesis, tenemos la responsabilidad histórica de definir el país que deseamos, con el propósito de abandonar las luchas internas que desgastan nuestra esperanza y nos desvían del camino por el que podemos y debemos transitar.

Nuestra patria tiene todo lo necesario para que sus hijos sientan el gozo infinito de la vida. Dios nos ha brindado riquezas incalculables: sólo falta que asumamos la decisión irrevocable de realizar la empresa que nos aguarda.

Cada uno de mis conciudadanos, cada grupo social y político que sienta el deber de contribuir a la grandeza del país, deberá formular sus sugerencias para que este Modelo sea cada vez más un ideal de vida nacional.

SEGUNDA PARTE

DESARROLLO

EL MODELO ARGENTINO

1. La comunidad organizada

En el Modelo Argentino, nuestra sociedad futura debe responder con absoluta plenitud al concepto de comunidad organizada. Pero esta organización no puede entenderse como la construcción de una máquina fría, rígidamente trabada, donde los mecanismos de poder nublen la conciencia del hombre y lo conviertan en un engranaje despojado y vencido. El hombre es principio y fin de la comunidad organizada, por lo que no puede haber realización histórica que avasalle la libertad de su espíritu. No hay organización posible si el hombre es aniquilado por un aparato externo a su propia existencia.

La comunidad organizada no es, por lo tanto, una comunidad mecanizada donde la conciencia individual se diluye en una estructura que no puede más que sentir como ajena.

Pero tampoco estoy predicando un desencadenamiento del individualismo como modo de vida, en el que la competencia feroz transforme al hombre en un lobo para sus semejantes. La solución ideal debe eludir ambos peligros: un colectivismo asfixiante y un individualismo deshumanizado.

Nuestra comunidad sólo puede realizarse en la medida en que se realice cada uno de los ciudadanos que la integran.

Pero «integrar» significa, para nosotros, «integrarse»; y la condición elemental de la integración del ciudadano en la comunidad es que la sienta como propia, que viva en la convicción libre de que no hay diferencia entre sus principios individuales y los que alienta su patria. Esto sólo es posible si la comunidad defiende auténticamente los más altos intereses del espíritu humano. De lo contrario, el necesario equilibrio entre el hombre y la comunidad se destruye irreparablemente. El carácter de «organizada» de la comunidad que nuestro Modelo defiende, alude simplemente a ese equilibrio, a esa básica armonía que justifica y da sentido a la existencia.

Estoy convencido [de] que la comunidad organizada es el punto de partida de todo principio de formación y consolidación de las nacionalidades, no sólo en el presente sino también en el futuro.

En nuestra patria se han perdido — y se siguen perdiendo — muchas vidas procurando la organización nacional. A la luz de este hecho, resulta claro que hemos llegado a cierto grado de organización del Estado, pero no hemos alcanzado a estructurar la comunidad organizada. Más aún, muchas veces los poderes vertidos en el Estado trabajaron para que no se organizase el pueblo en comunidad.

La comunidad debe ser conscientemente organizada. Los pueblos que carecen de organización pueden ser sometidos a cualquier tiranía. Se tiraniza lo inorgánico, pero es imposible tiranizar lo organizado. Además, como una vez expresé, la organización es lo único que va más allá del tiempo y triunfa sobre él.

Para organizar una comunidad se requiere la concurrencia de muchos factores.

En primer lugar, nada se edifica sin claridad de objetivos, [sin] 39 la base de una ideología común que reúna a hombres que sienten de una misma manera lo que se considera fundamental para el país. Sabemos ya que esto se concreta en una doctrina que abre un amplio espacio de coincidencia aceptado por la mayoría de la comunidad, para ponerlo en práctica en su organización.

Es necesario, además, instaurar un inalienable principio de objetividad. Que la organización sea objetiva significa que todo fundamento de estructuración debe prescindir de abstracciones subjetivas, recordando que la realidad es la única verdad. Y no puedo pensar [en] otro criterio de objetividad que no sea la presencia de la voluntad del pueblo como guardián de su propio destino.

Para que esto sea posible, deberemos alcanzar un alto grado de conciencia social, que entiendo como la identificación por parte del hombre de sus derechos inviolables, sin enajenar la comprensión de sus deberes.

Por último, si tuviera que decidirme por un factor aglutinante, optaría por la solidaridad social como fuerza poderosa de cohesión que sólo un pueblo maduro puede hacer germinar.

Estos factores colaboran para que la comunidad organizada constituya un verdadero sistema, en la medida en que esté armónicamente estructurada en todos los niveles que la integran.

La asimilación de estos conceptos es muy importante porque, si es cierto que la comunidad organizada configura, en su misma naturaleza, un sistema, deben esperarse de ella los mejores resultados posibles.

La organización de la comunidad implica una tarea ardua que requiere programación, participación del ciudadano, capacitación y sentido de sistema para su orden y funcionamiento.

Considero imperioso refirmar que la organización de la comunidad — al igual que todas las organizaciones — debe estar en manos de quienes posean, a través de su acción y experiencia, innegable vocación de servicio público, aptitud de conducción y capacidad concreta para el estudio de las cuestiones relativas al desarrollo social del país.

Tales ciudadanos deben representar solamente intereses legítimos y aspiraciones justas, actuando, por otra parte, con absoluta y radical autenticidad. No debe olvidarse que las organizaciones sirven en la práctica, básicamente, por la calidad de los dirigentes que están a su frente. Cuando la organización supera al hombre y lo subordina, toda la idea de la conducción, como arte de gobernar, desaparece por la debilidad de funcionamiento del sistema.

La comunidad organizada debe conformarse a través de una conducción centralizada en el nivel superior del gobierno, donde nadie discute otro derecho que el de sacrificarse por el pueblo; una ejecución descentralizada y un pueblo libremente organizado en la forma que resulte más conveniente a los fines perseguidos.

En síntesis, unidad de conducción, descentralización de ejecución y una concepción que emane del sentir del pueblo, son las pautas básicas para la organización. La pluralidad de pensamiento y las críticas constructivas configuran elementos esenciales de esa misma forma de organización y funcionamiento.

Cuando la comunidad argentina esté completamente organizada, será posible realizar lo que sigo interpretando como ambición de todos los ciudadanos: hacer triunfar la fuerza del derecho y no el derecho de la fuerza.

Me parece indudable que sólo la libre decisión del pueblo argentino puede llevar a cabo la culminación de la comunidad argentina. Pero no hay pueblo capaz de libre decisión cuando la áspera garra de la dependencia lo constriñe.

De ahí que comunidad organizada significa, en última instancia, comunidad liberada.

2. El hombre, la familia, la sociedad y la cultura

El hombre argentino

He afirmado repetidamente que el hombre es principio y fin de la comunidad organizada. Es por ello que nuestro propósito de constituir y consolidar una comunidad nacional no puede eludir una básica y primaria definición: ¿qué debemos pedirle a nuestro hombre argentino para realizar la inaplazable tarea que le espera?, ¿sobre qué valores y principios asentará su existencia en orden a

realizarse como ciudadano en un país grande y libre?

No tengo la inmodestia de intentar perfilar un arquetipo eterno e inmutable de argentino; sólo quiero aproximarme conmovido a algo de lo que todo hombre lleva de permanente como huellas secretas de la mano de Dios.

Nuestra filosofía justicialista ha insistido en los valores y principios permanentes como fundamento espiritual insoslayable. En esa medida, admite que el hombre argentino debe encarnar caracteres que son comunes a todos los hombres que mantengan inconmovible su dignidad.

Requiero del hombre de nuestra tierra lo que debe integrar la esencia de cualquier hombre de bien: autenticidad, creatividad y responsabilidad. Pero sólo una existencia impregnada de espiritualidad, en plena posesión de su conciencia moral, puede asumir estos principios, que son el fundamento único de la más alta libertad humana, sin la cual el hombre pierde su condición de tal.

En un primer enfoque podría parecer que, si ser plenamente argentino consiste en la asunción de los principios universales mencionados, no hay mayor diferencia entre lo que requiero de nuestro hombre y lo que debería requerirse de un ciudadano de cualquier latitud del mundo. En tal sentido, el adjetivo «argentino» sería un rótulo prescindible. No faltarán quienes elaboren este argumento;

serán los mismos que han sostenido, durante muchos años, que el argentino no existe como sujeto histórico autónomo, que no es más que una suerte de prolongación agónica y desconcertada del hombre europeo, o una híbrida fusión de múltiples fuentes.

Olvidarán lo más importante: el hombre no es un ser angélico y abstracto.

En la constitución de su esencia está implícita su situación, su conexión con una tierra determinada, su inserción en un proceso histórico concreto. Ser argentino significa también esto: saber, o al menos intuir, que ser lúcido y activo habitante de su peculiar situación histórica forma parte de la plena realización de su existencia. Es decir, habitante de su hogar, de la Argentina, su patria.

Por lo tanto, lo que realmente distingue al argentino del europeo o el africano es su radical correspondencia con una determinada situación geopolítica, su íntimo compromiso moral con el destino de la tierra que lo alberga y su ineludible referencia a una historia específica que perfila lentamente la identidad del pueblo.

Su pertenencia a esta historia y no a otra, su habitar en esta situación y no en otra, su apertura a un destino irreductiblemente propio, [bastan] 40 para que aquellos principios esenciales que todo hombre atesora se concreten de una manera única e irrepetible, configurando la esencia del hombre argentino y conquistando para él un tiempo singular y definitivo en la historia del mundo.

Si en esto consiste la esencia de nuestro hombre, mi humilde pedido se reduce a solicitar a cada argentino que actualice en profundidad su adherencia a esta tierra, que recuerde que sobre su compromiso y su autenticidad brotarán las semillas de una patria justa, libre y soberana.

La familia y la sociedad

Pese a los embates de una creciente anarquía de los valores esenciales del hombre y la sociedad que parece brotar en diversas partes del mundo, la familia seguirá siendo, en la comunidad nacional por la que debemos luchar, el núcleo primario, la célula social básica cuya integridad debe ser celosamente resguardada.

Aunque parezca prescindible refirmarlo, el matrimonio es la única base posible de constitución y funcionamiento equilibrado y perdurable de la familia.

La indispensable legalidad conforme a las leyes nacionales no puede convertirse en requisito único de armonía. Es preciso que nuestros hombres y mujeres emprendan la constitución del matrimonio con una insobornable autenticidad, que consiste en comprenderlo no como un mero contrato jurídico sino como una unión de carácter trascendente.

Si esto es así, nuestros ciudadanos no deben asumir la responsabilidad del matrimonio si no intuyen en profundidad su carácter de misión.

Misión que no sólo consiste en prolongar la vida en esta tierra, sino [en] 41 proyectarse hacia la comunidad en cuyo seno se desenvuelve. Esto implica comprender que, como toda misión radicalmente verdadera, supera incesantemente el ámbito individual para insertar a la familia argentina en una dimensión social y espiritual que deberá justificarla ante la historia de nuestra patria.

Tomando en cuenta estos aspectos, es conveniente reafirmar la naturaleza de los vínculos que deben unir a los miembros de la familia.

La unidad de ideales profundiza al matrimonio, le confiere dignidad ética, contribuye a robustecer en el hombre y la mujer la [toma] 42 de conciencia de la gravedad de su misión, de su nítida responsabilidad, tanto individual como social, histórica y espiritual.

No cabe duda [de] que no siempre existe la posibilidad de comprender espontáneamente lo que he caracterizado como misión. No es posible prescindir, por lo tanto, de un adecuado proceso formativo que debe definirse crecientemente, y cuya finalidad consista no sólo en sentar las bases para una unión duradera, sino en gestar en la pareja la comprensión radical del sentido último del matrimonio. Este sentido, entendido como misión, se concentra, ya lo he dicho, en una radical dimensión espiritual y en su verdadera resonancia histórico-social.

Para que la familia argentina desempeñe el rol social necesario, sus integrantes deberán tener en cuenta algunos principios elementales en sus relaciones.

Así, estimo que el vínculo entre padres e hijos debe regirse sobre la base de la patria potestad, no entendida como un símbolo de dominio, sino como un principio de orientación fundado en el amor.

El niño necesita de la protección paterna para ayudarlo a identificar su función social y, para ello, es lógico que los padres deban usar la gravitación natural que tienen sobre sus hijos.

Por ese camino se contribuirá a consolidar la escala de valores que asegurará para el futuro que, de ese niño, surja el ciudadano que necesita nuestra comunidad, en lugar de un sujeto indiferente y ajeno a los problemas de su país.

Es la solidaridad interna del grupo familiar la que enseña al niño que amar es dar, siendo ése el punto de partida para que el ciudadano aprenda a dar de sí todo lo que le sea posible en bien de la comunidad.

En esto, la mujer argentina tiene reservado un papel fundamental. Es ella, con su enorme capacidad de afecto, la que debe continuar asumiendo la enorme responsabilidad de ser el centro anímico de la familia.

Independientemente de ello, nuestra aspiración permanente será que, en la sociedad argentina, cada familia tenga derecho a una vida digna que le asegure todas las prestaciones vitales. Entonces, habrá que fijar el nivel mínimo de esas prestaciones para que ninguna familia se encuentre por debajo de él en la democracia social que deseamos.

El Estado tiene la obligación especial de adoptar medidas decisivas de protección de la familia, y no puede eludir ese mandato bajo ningún concepto. Olvidar esa exigencia, llevaría a la comunidad a sembrar dentro de ella las semillas que habrán de destruirla.

No olvidemos que la familia es, en última instancia, el tránsito espiritual imprescindible entre lo individual y lo comunitario. Una doble permeabilidad se verifica entre familia y comunidad nacional: por una parte, ésta inserta sus valores e ideales en el seno familiar; por otra, la familia difunde en la comunidad una corriente de amor que es el fundamento imprescindible de la justicia social.

Quiero realizar, en fin, una invocación sincera a la familia argentina.

Asistimos, en nuestro tiempo, a un desolador proceso: la disolución progresiva de los lazos espirituales entre los hombres. Este catastrófico fenómeno debe su propulsión a la ideología egotista e individualista, según la cual toda realización es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer.

Quienes así piensan sólo han logrado aislar al hombre del hombre, a la familia de la nación, a la nación del mundo. Han puesto a unos contra otros en la competencia ambiciosa y la guerra absurda.

Todo este proceso se funda en una falacia: la de creer que es posible la realización individual fuera del ámbito de la realización común.

Nosotros, los argentinos, debemos comprender que todo miembro — particular o grupal — de la sociedad que deseamos, [sólo] logrará la consecución de sus aspiraciones en la medida en que alcancen también su plena realización las posibilidades del conjunto.

No puede concebirse [a] la familia como un núcleo desgajado de la comunidad, con fines ajenos y hasta contrarios a los que asume la nación. Ello conduce a la atomización de un pueblo y al debilitamiento de sus energías espirituales que lo convierten en fácil presa de quienes lo amenazan con el sometimiento y la humillación.

A la luz de lo expuesto, acerca de la familia, nuestra sociedad sólo puede definirse como comunidad organizada.

Sabemos, por lo tanto, que la integración del hombre en esa sociedad presupone y concreta esa básica armonía que es principio rector en nuestra doctrina.

Será, además, eminentemente nacional y cristiana, tomando plena conciencia de que su dimensión nacional no sólo no es incompatible con una proyección universalista, sino que constituye un insoslayable requisito previo.

La sociedad que deseamos debe ser celosa de su propia dignidad, y esto sólo es posible si está dotada de una poderosa resonancia ética.

El grado ético alcanzado en la sociedad imprime el rumbo al progreso del pueblo, crea el orden y asegura el uso feliz de la libertad. La diferencia que media entre extraer provechosos resultados de una victoria social o anularla en el desorden, depende de la profundidad del fundamento moral.

La armonía y la organización de nuestra comunidad no conspirarán contra su carácter dinámico y creativo. Organización no es sinónimo de cristalización. La sociedad que nuestro Modelo define no será, en modo alguno, estática. Debe movilizarse a través de un proceso permanente y creativo que implique que la versión definitiva de ese Modelo sólo puede ser conformada por el cuerpo social en conjunto.

La autonomía y madurez de nuestra sociedad deberá evidenciarse, en este caso, en su vocación de autorregulación y actualización constante. Y no me cabe duda [de] que los argentinos hemos ya iniciado el camino hacia la madurez social, pues tratamos de definir coincidencias básicas, sin las cuales se diluiría la posibilidad de auto-actualizar nuestra comunidad.

Estas coincidencias sociales básicas no excluyen la discusión o aun el conflicto. Pero, si partimos de una base común, la discusión se encauza por el camino de la razón y no de la agresión disolvente.

Nuestra sociedad excluye terminantemente la posibilidad de fijar o repetir el pasado, pero debe guardar una relación comprensiva y constructiva con su tradición histórica en la medida en que ella encarne valores de vigencia permanente emanados del proceso creativo de un pueblo que, desde tiempo atrás, persigue denodadamente su identidad.

Es evidente que, en definitiva, los valores y principios que permanecerán como representativos de nuestro pueblo serán asumidos por la sociedad toda, o por una mayoría significativa, relevante y estable, a través de las instituciones republicanas y democráticas que, según nuestros principios constitucionales, rigen y controlan la actividad social.

Por último, la libertad y la igualdad expresadas en nuestra Carta Magna conservarán plenamente su carácter de mandato inapelable y de incesante fuente de reflexión serena para todos los argentinos.

La cultura

Si nuestra sociedad desea preservar su identidad en la etapa universalista que se avecina, deberá conformar y consolidar una arraigada cultura nacional. Resulta sumamente compleja la explicitación de las características que tal cultura debe atesorar; es evidente que no basta proclamar la necesidad de algo para que sea inteligible y realizable. Mucho se ha dicho sobre la cultura nacional, pero poco se ha especificado sobre su contenido.

Está claro que en cuanto se plantea la posibilidad de una cultura propia surge de inmediato la forzosa referencia a fuentes culturales exteriores. Ya he desestimado la posibilidad de que la ideología y los valores culturales de las grandes potencias puedan constituir un abrevadero fértil para nuestra patria.

En la gestación histórica del hombre argentino confluyen distintas raíces: la europea, por un lado, y los diferentes grupos étnicos americanos, por el otro.

Esto es trivial por lo evidente, pero no son tan claras sus consecuencias.

Creo haberme referido con la suficiente extensión a la indudable especificidad del hombre argentino, que no consiste en una síntesis opaca sino en una nítida identidad que resulta de su peculiar situación histórica y su adherencia al destino de su tierra. ¿Sucede lo mismo con su cultura? ¿O, acaso, la herencia europea ha sellado definitivamente la cultura argentina?

Pienso que, en este caso, es artificial establecer una distinción entre el hombre y la cultura que de él emana, pues la misma historicidad del hombre argentino impone una particular esencia a su cultura. Pero este carácter de «propia» de la cultura argentina se ha evidenciado más en la cultura popular que en la cultura académica, tal vez porque un intelectual puede separarse de su destino histórico por un esfuerzo de abstracción, pero el resto del pueblo no puede — ni quiere — renunciar a su historia y a los valores y principios que él mismo ha hecho germinar en su transcurso.

La cultura académica ha avanzado por sendas no tan claras. A la mencionada influencia de las grandes potencias debemos agregar el aporte poderoso de la herencia cultural europea. No tiene sentido negar este aporte en la gestación de nuestra cultura, pero tampoco tiene sentido cristalizarse en él.

La historia grande de Latinoamérica, de la que formamos parte, exige a los argentinos que vuelvan ya los ojos a su patria, que dejen de solicitar servilmente la aprobación del europeo cada vez que se crea una obra de arte o se concibe una teoría. La prudencia debe guiar a nuestra cultura en este caso; se trata de guardar una inteligente distancia respecto de los dos extremos peligrosos en lo que se refiere a la conexión con la cultura europea: caer en un europeísmo libresco o en un chauvinismo ingenuo que elimine «por decreto» todo lo que venga de Europa en el terreno cultural.

Creo haber sido claro al rechazar de plano la primera posibilidad. Respecto de la segunda, es necesario comprender que la cultura europea ha fundado principios y valores de real resonancia espiritual a través de la ciencia, la filosofía y el arte. No podemos negar la riqueza de algunos de esos valores frente al materialismo de las grandes potencias, ni podemos dejar de admitir que, en alguna medida, han contribuido — en tanto perfilen principios universales — a definir nuestros valores nacionales. Pero es hora de comprender que ya ha pasado el momento de la síntesis, y debemos — sin cercenar nuestra herencia — consolidar una cultura nacional firme y proyectada al porvenir. Europa insinúa ya, en su cultura, las evidencias del crepúsculo de su proyecto histórico. Argentina comienza, por fin, a transitar el suyo.

La gestación de nuestra cultura nacional resultará de una herencia tanto europea como específicamente americana, pues no hay cultura que se constituya desde la nada, pero deberá tomar centralmente en cuenta los valores que emanan de la historia específica e irreductible de nuestra patria. Muchos de tales valores se han concretado en la cultura popular que, como todo lo que proviene de la libre creación del pueblo, no puede menos que ser verdadera.

Dirigir nuestra mirada a esos valores intrínsecamente autóctonos no significa tampoco precipitarnos en un folklorismo chabacano, que nuestro pueblo no merece, sino lograr una integración creativa entre la cultura mal llamada «superior» y los principios más auténticos y profundos de esa inagotable vertiente creativa que es la cultura de un pueblo en búsqueda de su identidad y su destino.

Para alentar con optimismo la tarea de configuración de una cultura nacional, es necesario tomar en consideración tres instrumentos poderosos: los medios de comunicación masivos, la educación en todos sus niveles y la creatividad inmanente del pueblo.

Ya me he referido a los mecanismos de información de carácter masivo y sus riesgos. Me parece obvio insistir en la necesidad de que estén, cada vez más, al servicio de la verdad y no de la explotación comercial, de la formación y no del consumo, de la solidaridad social y no de la competencia egoísta. No debe olvidarse que la información nunca es aséptica, lleva consigo una interpretación y una valoración; puede ser usada como un instrumento para despertar la conciencia moral o para destruirla.

Unas breves palabras sobre la educación, que deberá ser objeto de fértiles discusiones por la comunidad argentina en pleno.

Si bien cada nivel de la educación presenta problemas específicos, el denominador común que debe enfatizar nuestro Modelo Argentino es el acceso cada vez mayor del pueblo a la formación educativa en todos sus grados. El Estado deberá implementar los mecanismos idóneos al máximo, creando las condiciones para concretar este propósito, que es una exigencia ineludible para lograr una plena armonía de nuestra comunidad organizada.

Creo que nadie puede razonablemente poner en duda que nuestro objetivo en el campo de la educación primaria debe articularse en torno a dos principios: creciente eliminación del analfabetismo en todas las regiones del país, y establecimiento de las bases elementales de la formación física, psíquica y espiritual del niño. Este segundo principio implica que ya en la infancia deben sentarse los fundamentos para la conformación de un ciudadano sano, con firmes convicciones éticas y espirituales, y con la íntima intuición de su compromiso integral con el pasado, el presente y el futuro de la nación.

Esto debe incrementarse en la enseñanza media, donde es de una importancia decisiva fortalecer la conciencia nacional, para lo cual el adolescente está sin duda preparado [afectiva] 43 y psicológicamente.

En la enseñanza superior debe cumplirse la última etapa de la formación del hombre como sujeto moral e intelectual, pero también como ciudadano argentino. Es por eso que en ella hacen eclosión las carencias o los logros de los niveles previos. En ella también debe culminar un objetivo que tiene que impregnar todos los niveles de la enseñanza: la inserción de las instituciones educativas en el seno de la comunidad organizada.

Repito casi textualmente lo que afirmé respecto de la familia: no puede concebirse a la universidad como separada de la comunidad, y es inadmisible que proponga fines ajenos o contrarios a los que asume la nación. No puede configurarse como una isla dentro de la comunidad, como fuente de interminables discusiones librescas.

No necesitamos teorizadores abstractos que confundan a un paisano argentino con un «mujik», sino intelectuales argentinos al servicio de la reconstrucción y liberación de su patria. Pero, por otra parte, el universitario que el país requiere debe tener una muy sólida formación académica, pues no basta utilizar la palabra «imperialismo» o «liberación» para instalarse en el nivel de exigencia intelectual que el camino de consolidación de la Argentina del futuro precisa.

Es por eso que convoco a los jóvenes universitarios a capacitarse seriamente para sumarse, cada vez más, [a] 44 la lucha por la constitución de una cultura nacional, instrumento fundamental para conquistar nuestra definitiva autonomía y grandeza como nación.

Para ello, deberán estar cerca del pueblo, que aporta el tercer elemento para la definición de la cultura nacional: su misteriosa creatividad, que lo convierte — además — en testigo insobornable. Testigo al que hay que escuchar con humildad, antes que intentar imponerle contenidos que él no reconoce como constitutivos de su ser y enraizados en la estructura íntima de su extensa patria grávida de futuro.

3. La vida política

La vida política de la sociedad argentina del futuro ha de realizarse en comunidad organizada. Propongo que esa comunidad organizada configure una «democracia social». Veamos en qué consiste tal estructura política.

En la noción clásica se ha entendido a la nación como la entidad integrada por población, territorio y gobierno; y al Estado como la nación jurídica y políticamente organizada. Pareciera ser, por lo tanto, que bastan estos conceptos para calificar a la comunidad organizada en el sentido en que estamos considerándola.

No es así. La diferencia esencial se da en el hecho de que la concepción liberal califica, por un lado, al individuo y, por el otro, a la organización superior.

Además, sólo reconoce prácticamente el papel de las organizaciones intermedias denominadas partidos políticos. En la acción concreta, las organizaciones intermedias que responden a grupos sociales o profesionales han sido calificadas como correspondientes a una concepción corporativista del Estado.

Hemos evaluado suficientemente la enseñanza de la historia como para concluir ahora que no necesitamos seguir en este juego pendular entre liberalismo y corporativismo. Una toma de conciencia debidamente razonada nos pone en situación de ir directamente hacia las estructuras intermedias completas que, cubriendo partidos políticos y grupos sociales, den a nuestra comunidad la fisonomía real de lo que queremos calificar como «democracia social».

La configuración política de esta comunidad organizada implica la creación de un sistema de instituciones políticas y sociales que garanticen la presencia del pueblo en la elaboración de las decisiones y en el cumplimiento de las mismas.

Corresponde ahora esclarecer el concepto de democracia social.

- Es social en la medida [en] que, como dije una vez, «la verdadera democracia es aquélla donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo». 45

- Es social, porque la sociedad es su marco, su objeto y el instrumento de su realización, y porque el pueblo organizado en sociedad es el actor de las decisiones y el artífice de su propio destino.

- Es social, en cuanto procura el equilibrio del derecho del individuo con el de la comunidad.

Enuncio el concepto de democracia social al tratar de la vida política porque la democracia social no puede entenderse si no es en función política. Y esta función política, que hace al vínculo natural y necesario para asegurar la cohesión del cuerpo social, puede tener su finalidad sólo en la realización de lo que secularmente se ha llamado el «bien común».

Las cualidades de la democracia social

La democracia social que deseamos requiere ser caracterizada en función de una serie de cualidades razonablemente precisas. Las siguientes son las más importantes:

- Es la expresión de una nación que tiene una estructura de poder que le permita tomar decisiones por sí misma en cuestiones fundamentales, referidas a sus objetivos, a los procedimientos a llevar a cabo y a la distribución de responsabilidades que quiera establecer en su seno.

- Es orgánica, porque se realiza en comunidad organizada y porque en tal comunidad participan todos los grupos políticos y sociales, integrando en el proceso nacional a todas las fuerzas representativas de los distintos sectores del quehacer argentino.

- Procura el bien común — entendido en la concepción amplia que ha definido la Iglesia — , y lo persigue a través del «desarrollo social del país».

- Se nutre en una ética social que supera la ética individualista, al mismo tiempo que preserva la dignidad del valor humano.

Esta ética trasciende los límites de grupos particulares para extenderse a la concepción de una ética nacional y, luego, integrarse paulatinamente en una ética universal.

Esta ética es la que habrá de convertir al hombre actual en un hombre nuevo, creador de una nueva humanidad.

Para nosotros, en nuestro ámbito nacional, es una ética esencialmente cristiana.

- Requiere una caracterización de la propiedad en función social. La tierra, considerada desde una visión global y teniendo en cuenta la necesidad objetiva de producir bienes, particularmente alimentos, y demás servicios para su población, es un bien de producción social.

De tal forma, queda caracterizada la propiedad privada como una concepción que realiza la sociedad, a través de la ley y en función de la historia, posibilitando a las personas que dispongan bienes sociales. Pero debe exigirse que esa posesión sea hecha en función del bien común, porque la sociedad estima que la propiedad privada permite organizar la producción de bienes y servicios con mayor sentido social y eficiencia que la propiedad común.

- Es políticamente plural, con lo que responde al pluralismo real.

La forma de pluralismo resultará de lo que el pueblo decida. Por eso, a nuestro juicio, han de quedar eliminadas las posibilidades de un sistema de partido único o de multiplicidad atomizada de partidos irrelevantes.

En lo que se refiere al pluralismo de los grupos sociales, se propone el ordenamiento por funciones sociales, en entidades que agrupen a las representaciones del trabajo, del empresariado, de los profesionales y, eventualmente, de otros sectores de la vida social.

- Persigue la liberación de los hombres de la opresión y del poder ajeno.

Esta liberación comienza por la libertad interior, sólo alcanzable por medio de un sentimiento que trascienda al hombre y cultive en él la actitud de servicio.

De otro modo, aún las ideologías más revolucionarias conducirían únicamente a simples cambios de amos.

- Tiene en la representación uno de sus fundamentos vitales.

La representación está dada esencialmente por la acción política canalizada a través de los partidos, de la cual deriva la asignación de poder político como poder de representación y de juicio político.

Otro nivel de representatividad puede estar dado por los distintos grupos sociales o destacadas personalidades independientes que contribuyan en la formulación de proposiciones y en el aporte de ideas fundamentales.

- Promueve la participación auténtica, para la cual requiere, al menos, las concepciones básicas de bien común, ética generalizada, pluralismo, solidaridad y representatividad.

El ciudadano se expresa como tal a través de los partidos políticos, cuya vigencia lleva al funcionamiento de los cuerpos políticos legislativos y ejecutivos.

Pero también el hombre, a través de su condición de trabajador, intelectual, empresario, militar, sacerdote, etc., tiene que organizarse para participar en otro tipo de recinto, como puede ser, por ejemplo, el Consejo para el Proyecto Nacional Argentino. Este ente debe enfocar su tarea hacia la gran obra de formulación del Proyecto Nacional, en la cual todo el país tiene que empeñarse.

Además de esta participación, son concebibles otras formas de participación de los grupos políticos y sociales, a título de asesoramiento y de contribución a la gran tarea de reconstrucción y liberación nacional, en la que debe estar empeñado todo el país. Las formas que deba asumir esta participación están aún abiertas a la consideración de quienes serán responsables de la misma.

- Concibe a la autoridad como la facultad de mandar según la recta razón, con base en un orden moral y una ética superior.

- Se realiza con una concepción nacional sin xenofobia, en actitud continentalista y universalista, de efectiva cooperación y no competitiva.

- Es «moderna», porque requiere la reestructuración orgánica y funcional en términos de la sociedad organizada, superando las estructuras heredadas del Estado liberal, incapaces de servir eficientemente a nuestro Modelo Argentino.

- Se plantea en términos de ideales, pero partiendo de la realidad actual y evaluando nuestra idoneidad concreta de transformación. No configura, pues, una utopía.

La apelación a la utopía es, con frecuencia, un cómodo pretexto cuando se quiere rehuir las tareas concretas y refugiarse en un mundo imaginario; vivir en un futuro hipotético significa deponer las responsabilidades inmediatas. También es frecuente presentar situaciones utópicas para hacer fracasar auténticos procesos revolucionarios.

Nuestro Modelo político propone el ideal no utópico de realizar dos tareas permanentes: acercar la realidad al ideal y revisar la validez de ese ideal para mantenerlo abierto a la realidad del futuro.

El nivel de conducción

En la tarea política del país, al más alto nivel, intervienen dos instancias: la conducción política y la político-administrativa. La primera atiende a la estructura del poder y, la segunda, a la administración del país en general, además de la administración del gobierno en particular. Este último aspecto lo habré de tratar en otro lugar del presente trabajo.

El principio orgánico reside en disponer [de] unidad de concepción, conducción centralizada y ejecución descentralizada.

Los niveles en los cuales se trabaja son, en términos generales: la conducción superior del Estado, las entidades intermedias y el pueblo, en el ámbito del ciudadano.

Dentro de este esquema hace falta una fisonomía para las instituciones de conducción. Ella debe responder a las tareas que estas instituciones deben realizar.

Tres son las grandes tareas: planeamiento de lo que ha de hacerse, ejecución concreta, control y reajuste del proceso.

El planeamiento debe formalizarse para el largo plazo (varias décadas hacia el futuro), para el mediano plazo (el número de años que dura un gobierno) y para el corto plazo (un año).

El largo plazo requiere la definición de las cualidades de la sociedad que se visualiza para el futuro y la identificación de estrategias globales para alcanzarla.

Tal tarea requiere la constitución de un organismo específico al cual el pueblo contribuya, a través de los mecanismos con los que cuenta y en los ámbitos que conoce. Esta entidad puede ser el Consejo para el Proyecto Nacional, a integrarse con todos los elementos representativos de la comunidad.

El planeamiento para el mediano plazo requiere ser realizado básicamente por el Poder Ejecutivo, con la participación correspondiente del Congreso.

El planeamiento del corto plazo, así como la ejecución, corresponde básicamente al equipo ministerial, salvo en las materias que hagan necesaria la intervención del Congreso a los propósitos del control superior.

Los controles han de establecerse en varios niveles sobre la base del concepto superior del control, para lo cual se requiere del establecimiento de una completa red de información.

Señalados tales aspectos, surgen algunos requerimientos con respecto a la fisonomía del Congreso Nacional.

La experiencia señala que la tarea creativa del Poder Legislativo se ha desarrollado, a lo largo de este siglo, siguiendo una disciplina de trabajo que puede ser perfeccionada.

Parece necesario que el país tenga un Congreso que sesione por un período mayor al de cinco meses que establece la Constitución Nacional. 46. Precisamente, pareciera no resultar conveniente una «tregua política» tan prolongada, porque lo que se requiere es mucho trabajo político en el proceso de edificación institucional en el cual nos hallamos.

El Congreso Nacional deberá participar activamente en el proceso de programación de la estructura institucional del país y de revisión periódica y actualización de las normas.

Los requerimientos de la comunidad deseada introducen también algunos requisitos a la estructura y funcionamiento del Poder Ejecutivo.

Necesitamos una Presidencia adecuadamente estructurada para conducir, puesto que las unidades dependientes del Poder Ejecutivo constituyen centros al servicio íntegro de la comunidad. Ello es evidente desde que la gran tarea de ejecución pública está en sus manos.

Además, el mundo interdisciplinario, en [el] que ya se vive, exigirá una conducción de lo externo que reclamará crecientemente la acción presidencial.

La conducción política superior debe estar siempre en manos del presidente de la Nación, como cuestión originaria y exclusiva. Para [ello] 47 , y en cuanto tiene relación con el Congreso de la Nación, necesita un vicepresidente en los términos que actualmente provee la Constitución Nacional.

Además, la conducción del sector político-administrativo exige coordinación de la acción ministerial. Cada ministerio debe ser concebido como un ámbito de específica responsabilidad. Pero la instancia político-administrativa es intrínsecamente interdisciplinaria. Para ello, el presidente de la Nación necesita [de] la cooperación de un funcionario encargado de la coordinación ministerial. Este coordinador puede ser un primer ministro dependiente directamente del presidente de la República. 48

La estructura institucional así concebida fortificará la capacidad de decisión y de acción del presidente de la República al proporcionarle todos los instrumentos necesarios para su gestión.

La organización superior de nuestro régimen político queda, entonces, definida. El objetivo es la democracia social. La forma de gobierno que responde al objetivo es la representativa, republicana, federal y social.

Representativa, en los términos de representación a que antes se hizo referencia.

Republicana, porque preserva la estructura de república como forma política de nuestra nación, nutrida en el poder que proviene desde el ciudadano.

Federal, porque se preserva el vigor histórico y el valor de futuro que el federalismo tiene para el país, interpretándose lo que se considera una concepción mayoritaria.

Social, por los propósitos específicos antes desarrollados, que hacen a la responsabilidad del gobierno.

Las instituciones intermedias

Cuando la concepción liberal actúa en el nivel del ciudadano y del Estado sin aceptar más entidad intermedia que los partidos políticos, ofrece garantías no del todo adecuadas.

Los grupos de intereses, que responden a la estructura del poder económico imperante, pueden crear sus propios partidos, infiltrar los partidos existentes o bien presionar sobre las decisiones gubernamentales por vía de la influencia directa, con todos sus mecanismos lícitos conocidos.

Cuando la concepción de la democracia social establece que los grupos sociales deben integrar institucionalizadamente los cuadros intermedios de la comunidad organizada, está ofreciendo garantías verdaderas.

En efecto, el ciudadano ha de poder participar más en función de lo que conozca mejor. Todo trabajador sabe, por ejemplo, cuál es el verdadero sentido de la política que lleva adelante una confederación de trabajadores.

Las concepciones de cada grupo social y de cada partido político deben estar expresadas en forma de bases, plataformas u otros cuerpos escritos que configuren su propia manifestación [del] Proyecto Nacional.

Si se trata de partidos políticos, su plataforma tendrá que constituir la expresión política del Proyecto Nacional que el partido sostiene para el país. Tratándose de grupos sociales, sus bases o estatutos doctrinarios deben configurar igualmente la expresión [del] Proyecto Nacional que el grupo social concibe para el país.

Las instituciones intermedias tendrán que actuar procurando la unión para el accionar de aquéllas cuya ideología sea coincidente.

En el nivel del liderazgo, esto significa la unión de todos los líderes populares en la tarea común. La falta de unión, o aún la desunión, configura el más serio enemigo que podemos crear nosotros mismos en la lucha por la reconstrucción y la liberación nacional.

Desde este fundamento, se concibe que el trabajo futuro en nuestra democracia social — desarrollándose como comunidad organizada — debe darse sobre las bases de paz total y diálogo abierto, como método de trabajo político; [en] búsqueda de coincidencias con todos los sectores políticos y sociales; y [como] fundamentación del poder de los movimientos, grupos sociales y partidos políticos en organizaciones que actúen con una corriente de poder que fluya sistemáticamente desde las bases, con voto universal, secreto y obligatorio para todas las manifestaciones.

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  • 26. Cuando alude al “90%”, hace referencia a los resultados de las elecciones del 23 de setiembre de 1973 en las que los votos obtenidos por la fórmula (Juan Domingo) Perón - (María Estela Martínez de) Perón (Frente Justicialista de Liberación y Frente de Izquierda Popular), sumados a los de Ricardo Balbín - Fernando De la Rúa (candidatos de la Unión Cívica Radical), alcanzaron el 86,27%. Estaba convencido de la necesidad de la articulación con el radicalismo y de su pertenencia al campo popular.
  • 27. En el original CD: “como”.
  • 28. A partir de aquí, en la mayoría de las ediciones —salvo en las de Docencia, las últimas del Instituto Nacional Juan Perón y la de nuestra Biblioteca del Congreso—, hay un prolongado salto que omite los nueve párrafos siguientes (hasta el inicio del parágrafo En el ámbito ecológico).
  • 29. A partir de este párrafo, con intercalaciones, se transcribe casi textualmente el texto del Mensaje ambiental dirigido a los pueblos y gobiernos del mundo difundido por Perón desde Madrid el 21 de febrero de 1972.
  • 30. En el original “con motores eléctricos”.
  • 31. Por disposición del Congreso de EE.UU., a partir del 31 de diciembre de 1995 fue prohibida la utilización de nafta con plomo en ese país. Y la Unión Europea adoptó una normativa por la cual a partir de enero de 2002 se prohibió definitivamente la comercialización de todas las naftas que contuvieran plomo (su uso se había comenzado a reducir desde 1993). En la Argentina se eliminó de las naftas a partir de 1996.
  • 32. A mediados de los ’80 se inició la llamada venta por catálogo o directa, se abonaba con tarjeta de crédito, pero se hacía por teléfono. En 1984, en el Reino Unido, se hizo la primera operación de este tipo. Recién a partir de 1989, con la aparición del servicio de internet —la www (World Wide Web)—, este sistema se fue extendiendo, ahora por intermedio de la computadora (la “televisión”), para popularizarse a finales de los 90.
  • 33. El siglo XX.
  • 34. 1960/1970.
  • 35. En el original CD; “frenada”, concordando con producción.
  • 36. El siglo XXI.
  • 37. Fines del siglo XX.
  • 38. Alude al gobierno de la autodenominada “revolución libertadora” (1955/1958), encabezada por el general Pedro E. Aramburu y el almirante Isaac Rojas, adscripto a esa ideología.
  • 39. En el original: “sobre”, con lo que quita claridad y dificulta la comprensión a la frase.
  • 40. En el original CD: “hasta”, erróneamente.
  • 41. En el original CD: “de”.
  • 42. En el original “forma”.
  • 43. En el original CD: “efectiva”.
  • 44. En el original: “en”
  • 45. Es la primera de las 20 Verdades Peronistas que fueron leídas al pueblo por Perón desde los balcones de la Casa Rosada, en 1950, durante el acto de conmemoración del 17 de octubre.
  • 46. Naturalmente se refiere a la Constitución vigente en 1974. Este aspecto fue modificado con la reforma constitucional de 1994. Actualmente, el Congreso sesiona ordinariamente desde el 1o de marzo hasta el 30 de noviembre (nueve meses)
  • 47. En el original CD: “ella”.
  • 48. Con la reforma constitucional de 1994 se ha incorporado esta figura bajo la denominación de Jefe de Gabinete.

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