Para salir de las matrioshkas de relatos: hechos
mariano

Fuente: Pressenza

Como si se tratara de un juego de matrioshkas lo que pasa en Ucrania tiene relatos que esconden más relatos que esconden historias y hechos. Según las fuentes de información (o propaganda o desinformación) que cada uno consulte, la realidad toma unos colores u otros.

Lo que tampoco quiere decir que se traten de mentiras o manipulaciones puras. Al menos, no es así cuando se trata de testimonios directos desde el terreno o familiares de las víctimas de esta y de todas las guerras. Porque además de las víctimas que reciben las bombas y la violencia directa que pone en riesgo su supervivencia, también están las víctimas por familiaridad, cercanía, despedazados en sus afectos y nervios. También estamos las víctimas de las mentiras y la desinformación, los incapaces de poder tener certezas y muchas veces somos guiados por quienes cuentan con los medios para poder amplificar su voz.

Recomiendo mucho la lectura del último artículo de Oleg Yasinsky en Pressenza, donde justamente se dan unas cuantas pistas sobre la orquestación de todo lo que decía en el párrafo anterior.

Pero en un artículo precedente (La guerra de la comunicación nunca fue fría) yo también hablaba sobre la película de 2018 Donbass, una parodia demasiado realista de la locura que se estaba viviendo en Ucrania por aquellos años. “Cuando se llama “paz” a la guerra, cuando la propaganda es presentada como la verdad, cuando se llama “amor” al odio, es ahí dónde la misma vida comienza a parecerse a la muerte”, reza la descripción del tráiler y verlo hoy en este contexto se entiende con claridad el nivel de “costumbrismo” de la cinta. De hecho, comparado con las imágenes directas del conflicto, cuesta diferenciarlas.

¿Pero cómo, ya había una guerra en Ucrania? La respuesta es que obvio que sí, que el conflicto viene de largo y que la intervención de Rusia también ha sido decisiva en el pasado. Tras la escalada posterior al golpe de estado y los gobiernos fascistas llegaron los acuerdos de Minsk, donde se comprometían las partes a ponerle fin al exterminio de ucranianos prorrusos que estaba teniendo lugar en Donbass. El incumplimiento de este acuerdo y la decisión del gobierno de Zelensky de continuar con los crímenes en los territorios independentistas de Lugansk y Donetsk condujeron al reconocimiento de estos dos territorios por parte de Rusia y la posterior incursión militar para defender a su población.

Evidentemente, no es la única explicación de los motivos que llevaron a los hechos, pero los hechos son el único elemento no pervertible. Se podrán esconder, tergiversar, travestir, desdeñar, pero en última instancia se convierten en la única evidencia histórica. Países que han probado armas nucleares y amenazaron con usarlas hay varios, pero lo incontestable es que el único ser humano que ordenó su uso contra otro pueblo fue Harry Truman, figura pública que injustamente no suele integrar los salones de la fama de los criminales más peligrosos y feroces de la humanidad.

Encontré estos días el estremecedor documental de Anne Laure Bonnel “Donbass”, una película que parte de las declaraciones del ex presidente ucraniano Petro Poroshenko quien anunciaba que los niños del Donbass no iban a poder hacer otra cosa que esconderse en los sótanos. Dicho y hecho. El documental da cuenta de esa desoladora situación vivida entre el 2014 y el 2015. La narración es simplemente el montaje, porque las voces que se escuchan son solo las de los protagonistas.

Otro testimonio estremecedor es el que ofrecen en su canal de Odysee, el equipo periodístico de Donbass Insider, quienes en francés van aportando crónicas y análisis de la situación que se vivía en su país desde hace más de dos años, así que a través de sus reportes se pueden ir viendo los bombardeos y demás violaciones de derechos humanos cometidos contra la población del Donbass por parte de las fuerzas armadas ucranianas.

En ambos casos no quedan dudas de la sistematización de los ataques y acoso de la población “prorrusa” del este de Ucrania. Cuando Vladimir Putin, el líder ruso, escuda su accionar bélico detrás de la excusa de ponerle freno a un genocidio, no fabula. Ese exterminio estaba teniendo lugar, así como la guerra en Donbass lleva ocho años por lo menos. Todas las demás intencionalidades y elucubraciones sobre su salud mental o planes imperiales quedan a criterio de quien le dé una forma ideológica o intencional a los hechos.

Desmenuzar en pocas líneas la conducta de la OTAN y de los Estados Unidos en particular se torna complicado. Pero más allá de lo ético, moral o ideológico lo que sí podemos contrastar son los incumplimientos continuos de los acuerdos posteriores a la disolución de la Unión Soviética y una expansión territorial en Europa cercando a Rusia. ¿Se puede atacar a un tercero para evitar una confrontación directa que pondría en peligro la subsistencia de la especie humana? No se debe, pero se puede.

Y como anticipaba en 2019 el Asesor Jefe del presidente Zelensky, Alexey Arestovich, el plan de Ucrania para ingresar en la OTAN incluía una guerra abierta con Rusia, una o más guerras abiertas contra Rusia. Arestovich fue orador de la delegación ucraniana en las negociaciones de alto el fuego en Donbass de Minsk, no es un miliciano de ideas extremistas con la voluntad de destruir a los rusos, como el ahora conocido Serhii Filimonov, fundador de la organización paramilitar de extrema derecha “Honor”, de quien hablaba en mi artículo anterior.

Una mirada superficial a esta contienda bélica nos muestra una guerra, una invasión, una carnicería entre los bárbaros rusos y ucranianos. Adentrarse en el conflicto perturba, emociona y asquea. Porque todo esto estaba ocurriendo a la vista de todos y sin embargo, el mundo miraba para otro lado. Como le decía una señora desde un refugio antibomba en Donestk a la documentalista francesa “a ustedes les mataron 14 y el mundo se solidarizó, a nosotros nos matan de a miles y a nadie le importa”.

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